El rincón de la Ciencia I.S.S.N.: 1579-1149

nº 36 (junio-2006)

Aristóteles, el vacío, o de cuando amarga un dulce ... (RC-90)


Francisco Ortego  (IES Victoria Kent, Torrejón de Ardoz)


Con cierta frecuencia, encontramos en manuales científicos ciertos halagos envenenados dirigidos a los filósofos de la Antigüedad. Por un lado, se les alaba por su esfuerzo y dedicación; pero, por otro, se les reprochan implícitamente sus errores. Con cierto desdén, se les presenta como unos ingenuos desarrollando una ciencia infantil en los albores de la civilización. Quizá Aristóteles pueda ilustrar como ningún otro estos agridulces elogios. La magnitud de sus investigaciones (astronomía, física, biología...) y el prestigio de su autoridad a lo largo de los siglos, habrían hecho de él un hombre de inquietudes fabulosas, pero al parecer también uno de los máximos responsables del atraso de la Humanidad por los errores contenidos en sus doctrinas. Tomemos una de sus enseñanzas, la negación del vacío, como ejemplo de ese aparente lastre en el desarrollo científico...

El movimiento según Aristóteles

Para Aristóteles existían cuatro tipos de elementos (agua, aire, tierra y fuego) que sufrían un “movimiento natural”. De este modo, cada uno de ellos se dirigía hacia su "esencia": la tierra hacia la tierra, el agua hacia el agua, el fuego.... La comprobación de la teoría era sencilla de realizar: la tierra cae hacia abajo, se hunde incluso en el agua hasta alcanzar al resto de la tierra; el fuego se escapa hacia arriba; el aire se esparce sobre la superficie terrestre, etc. De esto dedujo que cada uno de los elementos tiende a volver a su “lugar natural”.

Aristóteles también contemplaba otro tipo de movimiento: el "violento". Éste era producido por algo,  no se daba naturalmente. Una piedra que cae, lo hace porque tiende a volver a su naturaleza. Una piedra que sube (o es arrojada) tiene que ser necesariamente empujada, “violentada”, contra su naturaleza. Dicho de otro modo: los cuerpos no pueden salir espontáneamente de su reposo, todo movimiento implica un motor  (“todo lo que se mueve es movido por otro”, principio central de la física aristotélica) y la acción del motor debe prolongarse tanto como el movimiento mismo. Si se detiene la causa (el motor), se detiene el efecto (el movimiento).  

La imposibilidad del vacío

Sin embargo, eso no era todo. Para poder explicar el movimiento también había de tenerse en cuenta la resistencia que ejerce el medio a través del cual se desplaza el móvil. A mayor resistencia del medio, menor velocidad, y viceversa. Obviamente, en el caso de que la resistencia llegase a igualar a la fuerza del motor, el cuerpo se detendría. Con este planteamiento, Aristóteles deduce que el vacío es imposible. De existir el vacío, la resistencia que se ejercería sobre un móvil sería nula y, como consecuencia, el movimiento del objeto habría de ser instantáneo: pasaría inmediatamente a su lugar natural (soltaríamos una piedra y acto seguido estaría en el suelo, pues no habría nada que la frenase); lo cual juzgaba absurdo.

No era éste el único argumento del Estagirita en contra del vacío. Para empezar, Aristóteles no concibe cómo alguien puede hacer del vacío un lugar. “¿Cómo puede una cosa estar en un vacío?”[1]. No comprende cómo pueden separarse materia y espacio, conceptos intrínsecamente relacionados, pues toda materia se da en un espacio[2]. No le parece admisible que se pueda aceptar un espacio que sea exclusivamente espacio, esto es, en el que no haya “nada”. Algo, por otra parte, muy similar a lo que nos dicen los físicos teóricos de nuestros días cuando afirman que no tiene sentido preguntar qué hay fuera del Universo: simplemente no hay un “fuera”. El Universo, con su espacio y su materia, es lo que hay. Por último, sostenía también que no podría determinarse hacia dónde se dirigiría un móvil que se desplazase en el vacío, pues dentro de él no existiría la distinción entre arriba y abajo, o izquierda y derecha, salvo que hagamos de él un lugar, algo que ya hemos dicho resultaba inadmisible para el filósofo peripatético.

Tampoco ha sido nuestro pensador el único que se ha opuesto a la existencia del vacío a lo largo de la Historia. A este respecto, conviene recordar que hasta el siglo XX, físicos como Michelson y Morley trataron de demostrar la existencia del éter para poder explicar la propagación de la luz a través del Universo. Sin el éter no se podía entender cómo podría viajar la luz por el espacio, pues ¿cómo viajaría a través de la nada?

Las dificultades de la teoría

Una de las grandes dificultades de la física aristotélica era explicar el movimiento de los proyectiles. ¿Por qué sigue en movimiento una flecha, si no tiene un motor que la impulse? Una primera explicación podría ser que, dado que no existe el vacío, el aire desplazado por la punta de la flecha pasase detrás, moviéndola por reacción. Si esto fuera así, una flecha que desplazase más aire, debería ir más rápido, y sin embargo los hechos muestran que sucede justo lo contrario.

Con el transcurrir de los siglos fueron llegando nuevas explicaciones. Una de ellas, la “teoría del ímpetus”, fue defendida por Juan Buridán en el siglo XIV. La flecha se ponía en movimiento por un traspaso de fuerza del motor al proyectil. Esta fuerza obraba como un ímpetu que iba gastándose a medida que avanzaba el móvil. La explicación era eficaz para explicar el movimiento de los proyectiles, pero no para la caída de los graves, pues éstos en lugar de frenarse, aceleran cada vez más. Fue un pequeño paso, pero la solución todavía se hizo esperar un tiempo. Hizo falta que llegara Galileo y enunciara claramente el principio de inercia para resolver la primera cuestión. En cuanto a la caída de los cuerpos, habrá que esperar a finales del siglo XVII con Newton y su teoría de la gravedad.  

¿El fracaso de Aristóteles y, con él, de la Humanidad?

Paradojas de la Historia, el propio Aristóteles había formulado ya el principio de inercia a cuenta de su negación del vacío. Si éste existiera, un móvil se podría desplazar indefinidamente, pues no existiría nada que se lo impidiera, razonaba el Estagirita[3]. Había enunciado el principio correctamente, pero no podía aceptarlo y no prosperó.

¿Una lástima? Visto desde hoy, es posible. Sin embargo, si los argumentos del Filósofo no hubieran triunfado por la fuerza de sus razonamientos, ¿habría podido avanzar la ciencia como lo ha hecho hasta nuestros días? Aunque indudablemente la autoridad de Aristóteles desempeñara un importante papel, fueron unas argumentaciones las que triunfaron sobre otras, según las observaciones y conocimientos de los que se disponía en la época. Hoy podemos lamentarnos de que en este caso, como en el de Aristarco de Samos y la teoría heliocéntrica, o en otros similares, estando la Humanidad tan cerca de la respuesta correcta se encaminara por la equivocada. Sin embargo, más que de acertar respuestas se trataba de desarrollar un método y, afortunadamente, ha sido el método el que nos ha traído hasta aquí.

Y es que, a veces, para poder dar un gran salto es necesario caminar un paso hacia atrás... Quizá por ello, y a pesar de sus errores, Aristóteles hizo progresar la ciencia mucho más de lo que algunos, instalados en sus cómodas cátedras, están dispuestos a reconocer. Eso sí, no escatimarán dulces halagos para esos, a su juicio, cándidos pensadores del pasado.


[1]Aristóteles, Física, libro IV, 214b20.

[2]Ibid,  213a30.

[3]Ibid, 215a20