El rincón de la Ciencia I.S.S.N.: 1579-1149

nº 40 (marzo-2007)

 

La ciencia de la magia

Trucos de magia para aprender ciencia (RC-100j)


J.I. Pozo  (Departamento de Psicología Básica, Universidad Autónoma de Madrid)


Magia = Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales [1]

Magia = Técnica o Arte que enseña a hacer cosas admirables o extraordinarias [2]

Según la primera definición, la que nos proporciona la Real Academia de la Lengua Española, podríamos hablar de que un suceso es mágico cuando su ocurrencia viole alguna ley natural, es decir algún principio establecido por la ciencia, de tal modo que un fenómeno mágico debería ser un suceso imposible desde el punto de vista de la ciencia aceptada. No cabe duda de que para la ciencia actual la transmutación de cualquier metal innoble en oro, o el arte de convertir un pañuelo en una paloma, son sucesos mágicos por imposibles, ya que violan algunos de los principios establecidos para dar cuenta de la conservación de la materia. Del mismo modo, las levitaciones de los santos, místicos o mentalistas, o el desplazamiento de objetos –esa carta que misteriosamente pasa de la mano del mago al bolsillo trasero del pantalón vaquero de una espectadora- sin que intervenga fuerza alguna en el mismo, son acontecimientos mágicos, ya que violan las leyes básicas de la gravitación o la mecánica newtoniana.

Sin embargo, como muestran los artículos adjuntos, hay otros sucesos mágicos que, por extraños y paradójicos que parezcan, son perfectamente predecibles y explicables desde la ciencia que conocemos. Que el agua cambie de color y aspecto sin intervención externa o que un trozo de hierro frene aparentemente su caída son fenómenos que cualquier mago incorporaría sin duda a su repertorio. Se nos aparecen como mágicos y sin embargo son científicamente posibles, no violan ninguna ley conocida. No todo lo que se nos presenta como mágico es contrario a las leyes naturales, o al menos a nuestro conocimiento de ellas.

Tal vez por ello, otra Enciclopedia nos propone la segunda definición de magia en términos menos exigentes, pero también menos interesantes desde el punto de vista de la ciencia. Si la condición para que un fenómeno sea mágico es que resulte admirable o extraordinario, sin necesidad de violar ningún principio ni ley científica conocida, el abanico de sucesos mágicos se amplia considerablemente, ya que podría incluir no sólo todos los fenómenos anteriores –los que violan y los que no violan los principios de la ciencia- sino también otros muy sorprendentes, pero sin duda posibles según nuestro conocimiento, como los sinuosos movimientos de las contorsionistas del Cirque du Soleil, o las acrobacias increíbles de Michel Jordan o sus sucesores, o incluso, siguiendo a los insignes miembros de la Secta de San Genarín, el posible ascenso de la Cultural y Deportiva Leonesa a Primera División. O la bajada del precio de la vivienda.

Son todos ellos fenómenos tan sorprendentes y extraños que cuando suceden, en el supuesto caso de suceder, nos parecen mágicos. Pero, a diferencia de los anteriores, sabemos que no lo son. Sabemos que los malabarismos y acrobacias son sucesos extraordinarios y admirables, por improbables, pero no son imposibles, ni por tanto mágicos. Pero ¿cómo lo sabemos? En mi opinión, a diferencia de lo que nos propone la definición canónica de la magia como violación de una ley natural, hoy sabemos que la verdadera magia no es la que viola los principios del conocimiento científico, sino la que viola los principios de nuestro conocimiento natural o intuitivo, de nuestra física, biología o psicología intuitivas.

Las investigaciones acumuladas en los últimos años no sólo sobre el aprendizaje y la enseñanza de la ciencia, sino sobre la ciencia intuitiva de los niños e incluso de los bebés han mostrado convincentemente que todos nosotros tenemos una ciencia intuitiva que puede entenderse en parte como una especie de magia cognitiva que nos proporciona un conjunto de creencias, no explícitas o articuladas, sobre qué sucesos son posibles y cuáles no. Esas creencias constituirían verdaderas teorías implícitas [3] desde las que percibimos el mundo, nos movemos y actuamos en él.

Desde esas teorías implícitas resulta imposible, y por tanto mágico, que un objeto se mueva de modo rectilíneo y uniforme sin llegar a detenerse nunca, del mismo modo que es imposible creer que una estrella que estamos viendo en una noche tibia de primavera pueda estar ya "muerta", porque en realidad el cielo estrellado que vemos es, considerando la velocidad (también mágica, increíble, impensable para nuestra mente natural) a la que se desplaza la luz, un vestigio del pasado, o más aún, de diferentes pasados, un cielo arqueológico. Nuestra mente natural nos dice que vivimos aquí y ahora, en un mundo real, presente, compartido por todos. Y nos dice también –seguramente sin palabras, nos lo dice con la forma en que nuestro cuerpo percibe y reacciona ante el mundo, mediante representaciones encarnadas, con el cuerpo y no con el verbo [4]- que los objetos no cambian de repente de apariencia física o de color, no desaparecen ni se mueven sin que otro objeto actúe sobre ellos. Cualquiera de estos hechos viola un principio de nuestra física intuitiva y por eso es mágico. No son sucesos sólo improbables, como los que pueda producir un malabarista o un saltimbanqui, nos parecen imposibles, aunque algunos de ellos sí sean físicamente posibles, como se ve en los ejemplos de magia científica que habitan este Rincón de la Ciencia. Son simplemente sucesos psicológicamente imposibles porque violan uno de esos compromisos sobre los que están sustentadas de forma natural o necesaria nuestras teorías sobre el mundo físico. Y eso es lo que hace fascinante a la magia: creemos que no son sucesos reales, que hay truco. Aunque sean realmente posibles, aunque no violen ninguna ley natural (hasta donde las conocemos).

De hecho, esta idea de que los sucesos mágicos no son los que violan las leyes de la naturaleza, sino los que violan nuestras creencias intuitivas sobre esa misma naturaleza tiene un gran potencial que ha sido explotado por los investigadores del desarrollo cognitivo y del aprendizaje de la ciencia. Así, gran parte de la investigación sobre la física intuitiva de los bebés o de niños pequeños [5], que no pueden aún usar el habla para informar de sus creencias, se apoyan en sesiones de "magia experimental", en las que el investigador se convierte en mago y produce uno de esos sucesos imposibles (por ej., un objeto que desaparece súbitamente tras una pantalla y ya no está cuando esta se retira: una violación de la "permanencia del objeto" piagetiana, una de las nociones básicas de nuestra física intuitiva), con el fin comprobar -midiendo por ejemplo el tiempo de fijación de la mirada- el grado en que el niño se fascina o sorprende en comparación con otros hechos más o menos esperables. Gracias a estas investigaciones, se ha descubierto que los bebés de tres meses tienen ya al menos tres principios (cohesión, continuidad y contacto) para representar el mundo físico en el que viven, a los que muy pronto añaden otros, como la inercia o la gravedad.

No es lugar este Rincón para entrar en la controversia que estas investigaciones han producido, por ejemplo, en las diversas teorías sobre el origen de los principios que sustentan a esa magia cognitiva [6] (¿son innatos? ¿se nace con ellos? ¿o más bien se adquieren por la experiencia? o aún mejor, ¿se construyen a partir de ciertas restricciones innatas?). Pero sí puedo congratularme de que, al igual que los psicólogos investigan las ideas de los niños sorprendiéndoles con sucesos, los divulgadores y los profesores de ciencias recurran también cada vez más a "sesiones de magia científica", proponiendo sucesos (psicológicamente) imposibles, que ayudan a hacer visibles los trucos de magia cognitiva desde los que los alumnos ven el mundo, esa ciencia intuitiva que constituye al tiempo el mayor obstáculo y el mayor motor para el aprendizaje de la ciencia, un aprendizaje, que, con iniciativas como estas, parecerá menos mágico, al menos en el sentido de extraordinario o improbable. La magia científica es también otra forma de desvelar los trucos del aprendizaje, los actos y las palabras de los que se vale la mente humana –el objeto más sorprendente y misterioso, tal vez el más mágico que conocemos- para comprender el mundo en el que vivimos.

NOTAS

[1] Diccionario Esencial de la Lengua Española. Madrid : RAE, 2006.

[2] La Enciclopedia. Vol 12. Barcelona, Salvat Editores, 2003.

[3] Que hemos explicado con cierto detalle en Pozo, J.I. y Gómez Creso, M.A. (1998) Aprender y enseñar ciencia. Madrid, Morata (5ª ed., 2006)

[4] Sobre la representación encarnada de nuestra física intuitiva véase Pozo, J.I. (2003) Adquisición de conocimiento: cuando la carne se hace verbo. Madrid: Morata (2ª ed., 2006)

[5] Algunas de las cuales pueden leerse en el fascinante libro de Gopnik, A.; Meltzoff, A. y Kuhl, P. (1999) The scientist in the crib. N. York : William Morton. Son de hecho estos autores los que hablan por primera vez, al menos que yo sepa,  de “magia cognitiva” para referirse a la ciencia intuitiva de los bebés. En castellano puede encontrarse otro libro de estos mismos autores, en el que también abordan parcialmente esta temática. Gopnik, A. y Meltzoff, A.N. (1997) Words, thoughts and theories. Cambridge MA: MIT Press. Trad. cast. de M. Sotillo e I.S. Wildschiitz: Palabras, pensamientos y teorías. Madrid : Visor, 1999.

[6] Pueden consultarse algunas de las referencias anteriores para ahondar en esos debates