EDIPO EN EL CICLO MÍTICO TEBANO

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN A LA MITOLOGÍA GRIEGA




Antes de comenzar el estudio del mito de Edipo, uno de los que mayor fortuna ha logrado en la tradición occidental, proponemos una serie de textos donde se observa la mitología griega desde un punto de vista teórico. La lectura de éstos servirá de introducción a la leyenda  de Edipo.


Un mito griego es un conjunto de variantes de un mismo relato, que existen bien como textos escritos (prosa o verso), bien en forma oral (o ambas a la vez) o en pinturas de vasos o artes plásticas en general, ya sea todo a un tiempo o independientemente. Dicho relato habla de lo divino o lo sobrenatural, o de lo heroico o de animales u hombres paradigmáticos que viven en un tiempo indefinible para la cronología humana. Cada vez que el relato es contado, surge una nueva versión o variante que sostiene una cierta relación de antagonismo con las anteriores versiones o con otros mitos, y adquiere así su lugar en un sistema constituido por la proliferación de tales relaciones.

Edmunds, L. (ed.), Aproaches to Greek Myth, Baltimore, 1990, pág. 15.


Se ha demostrado cumplidamente que la mitología es sólo una fase, y una fase inevitable, en el desarrollo del lenguaje (...). Supóngase que se ha olvidado la significación exacta de la palabra crepúsculo, pero que se conserva el proverbio: "El crepúsculo duerme al sol cantando". ¿No necesitaría explicación la voz crepúsculo?.¿Y tardarían mucho las nodrizas en contar en contar a sus niños que el crepúsculo es una viejecita que viene todas las noches a meter al sol en la cama, y que se enfadaría mucho si encontrase entonces niños despiertos todavía?. Los niños hablarían pronto entre sí del "Ama Crepúsculo", y cuando fuesen mayores hablarían a sus hijos de esa misma ama anciana y de su leyenda. De este modo, y por vías semejantes, tuvieron nacimiento muchas historias que llegaron a constituir una parte, un capítulo de lo que acostumbramos a llamar la mitología de los antiguos.

Müller, M., Mitología Comparada, Barcelona, 1988 (1856), págs. 142-143.



Por mýthos entendían los griegos, por una parte, un relato que no podía confirmarse por la razón; por otra, una vieja historia. El mito relataba los orígenes del cosmos o de una institución; revelaba un futuro trascendente, cuya realidad indemostrable tan sólo podía ser objeto de fe y de creencia; refería acontecimientos pasados de extraordinario valor indicativo. Los antiguos no conocieron la frontera que hoy se establece entre mito y saga, de un lado, y saga e historia, de otro. Para Sócrates eran mýthoi las fábulas de Esopo, y para el común de los atenienses Teseo u Orestes tenían la misma historicidad que un Temístocles o un Pisístrato (...). El rasgo distintivo de los mýthoi frente a los demás relatos tradicionales era el tener un sentido pregnante y el servir de base para la comprensión de los fenómenos de la naturaleza, la posición del hombre en el universo o el mundo de los valores éticos. El pensamiento mítico opera por medio de símbolos  e imágenes; concretiza en casos singulares hechos universales y supone un primer esfuerzo del hombre por dar respuesta a los enigmas que le plantea su entorno y su propia existencia.

Gil, L., "Mito griego y teatro contemporáneo", en  Ánthropos, 1990 (104),  pág. 24. 


El poeta, al revelar el pasado y sacar a la luz la culpabilidad de Edipo, nos está obligando a examinar nuestros adentros, en los que todavía se encuentran, aunque reprimidos, los mismos impulsos.

Freud, S., "Oedipus Rex", en Th.
Woodard, Sophocles. A Collectium of Critical Essays, Englewood Cliffs, N. J., 1966, 102-103.

 

 

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

J. L. Borges, El Aleph.





I. EDIPO EN EL CICLO MÍTICO TEBANO


El ciclo de mitos que tratan de la suerte de la ciudad de Tebas y de su familia real, en la que se encuadra la figura de Edipo, es, ciertamente, tan antiguo como las historias que componen la Ilíada o la Odisea , así como otros cantos épicos transmitidos oralmente durante épocas remotas de la historia de Grecia. Hesíodo, uno de aquellos cantores errantes que recrearon antiguas leyendas (aedos), recoge en unos versos de Los Trabajos y Los Días (vv. 156-165) la visión del mundo en que habitaron, según la tradición mítica, los héroes y demás personajes cuyas historias pervivieron en la imaginación del hombre griego generación tras generación. La estirpe de los héroes se sitúa en un tiempo impreciso en el pasado, en el tiempo en que Troya y Tebas veían sucederse singulares combates ante sus murallas , unas murallas que sólo resistían al olvido en la voz de los aedos y en la memoria de quien, desde niño, había oído los relatos de sus mayores.


La estirpe de los héroes


Después que la tierra sepultó esta raza, de nuevo Zeus Crónida, sobre la fecunda tierra creó una cuarta, más justa y mejor, raza divina de héroes que se llaman semidioses, primera especie en la tierra sin límites. A éstos la malvada guerra y el terrible combate los aniquilaron, a unos luchando junto a Tebas, la de las Siete Puertas, en la tierra Cadmea, por causa de los hijos de Edipo; a otros, conduciéndoles en naves sobre el abismo del mar hacia Troya, por causa de Helena de hermosos cabellos.

Hesíodo, Los Trabajos y los Días, 156-165.


Los ciclos tebano y troyano se alimentaban de grandes héroes guerreros, como Aquiles, Diomedes o Héctor; singulares y astutos hombres, como Odiseo o el propio Edipo, vencedor frente a los enigmas de Esfinge. Desde los primeros testimonios que se han conservado, el mundo mítico creado por los poetas griegos amalgama la diversidad legendaria surgida en las distintas regiones de la Hélade. Los relatos referentes a las ciudades de Tebas y Troya pronto se interrelacionaron y enriquecieron mutuamente, pese a lo que el convencional epígrafe de ciclos pueda dar a entender. Edipo, quizá la figura más destacada del llamado Ciclo Tebano, es citado por vez primera en un poema de temática troyana: la Odisea; y es Odiseo, uno de los principales guerreros griegos llegados al asedio de la mítica ciudad, quien nos presenta al infortunado Edipo.

 

Odiseo ve a Edipo en su viaje a los Infiernos


Vi a la madre de Edipo, a la hermosa Epicasta (Yocasta), quien terrible acción cometió al casarse con su propio hijo. A su padre éste mató en una disputa, y casóse. Por más que sufriendo penas en la amable Tebas, Edipo reinó sobre los cadmeos por los perniciosos designios de los dioses. Y aquélla allegóse a la morada del fuerte Hades, de sólidas puertas, enlazando en lo alto del techo una cuerda, presa de su dolor. Penas sin número con su muerte dejó a su hijo y cuantas las Erinias de una madre cumplen.

Homero, Odisea, XI, 271-280.


 


II. TEBAS: LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD CADMEA

En el centro de la Grecia continental se encuentra la región de Beocia, donde se alzaba la ciudad de Tebas, su capital. Tebas es la cuna de nuestro personaje, la ciudad de las Siete Puertas, como acostumbraban llamarla los poetas. Su nombre evocaba a los antiguos griegos recuerdos de prístinas leyendas escuchadas a los antepasados sobre míticos fundadores; dragones terroríficos enviados por los dioses o colosales piedras que, al son de una lira, formaron por sí solas las murallas tebanas. Así fue, según la mitología, la fundación de Tebas.

    Agenor, rey de la ciudad fenicia de Tiro, tenía una hija, Europa, de la cual cayó enamorado Zeus: el dios adoptó la forma de un apacible toro y rapta a la joven, llevándola a la isla de Creta.  El poeta romano Ovidio nos cuenta cómo el padre de los dioses logró seducir a la bella Europa.


El rapto de Europa

El padre y el soberano de los dioses, en cuya mano el rayo fulminante se agita, que con un solo movimiento de cabeza hace temblar al universo, abandona su cetro y todo su esplendor que le rodea para tomar la figura de toro. Al contemplar un toro tan bello, la hija de Agenor se aproxima a él y, aún cuando al principio no osa tocarle, luego le cubre con flores los cuernos. Ella, confiada, se sienta sobre su lomo y el toro avanza lentamente por la orilla... de pronto se lanza al agua. Europa tiembla, grita llora, y se agarra a los cuernos. Así unidos, desaparecen empujados por todos los vientos.   

Ovidio, Metamorfosis, II, 850 ss.



Agenor envió a sus hijos en búsqueda de la muchacha, no sin antes advertirles que no regresaran sin ella. Los hermanos pierden pronto la esperanza de encontrarla y han de instalarse en diversos países. Cadmo, uno de los hijos de Agenor, llegó a Delfos, donde un oráculo le anunció que encontraría en el curso de su viaje a una vaca; Cadmo debía seguir al animal y fundar, en el lugar en el que parase a descansar, una ciudad. Tras dejar Delfos, Cadmo ve cumplirse lo dicho por el oráculo: en un rebaño, una vaca destacaba por unas extrañas manchas en forma de luna sobre su lomo; la siguió hasta la región de Beocia, donde estaba destinado que se alzase Tebas. Cadmo decidió sacrificar al animal a la diosa Atenea en acción de gracias. Sus compañeros de viaje acudieron a una fuente cercana a buscar agua para el ritual. Desgraciadamente para ellos, en aquel lugar un formidable dragón, consagrado al dios Ares, guardaba la fuente. El tragediógrafo Eurípides nos presenta así este pasaje:

 

Cadmo y la fundación de Tebas


El tirio Cadmo llegó a esta tierra... Allí estaba el sanguinario dragón de Ares, guardián cruel que sobre las aguas corrientes y el claro arroyo dirige en todos los sentidos sus vigilantes pupilas. Llegado a por agua lustral, Cadmo lo mató con una piedra, golpeando la cabeza del asesino monstruo. Y, según los consejos de la hija de Zeus, Palas Atenea, la diosa sin madre, lanzó sus dientes sobre el suelo, fértil campo de semillas.

Eurípides, Fenicias, 658-669.

 



Vencido, finalmente el dragón, la diosa Atenea aconseja a Cadmo sembrar los dientes del monstruo: de estas asombrosas semillas nacerán los futuros habitantes de la ciudad. Estos hombres, los Spartoí, surgieron de la tierra en terrorífico escuadrón, armados y amenazantes. Se produjo una batalla entre ellos y tan sólo cinco sobrevivieron, Equión, Udeo, Ctonio, Peloro e Hiperénor. Estos cinco se unieron a Cadmo y se convirtieron en los fundadores de las cinco grandes familias tebanas.

Cadmo desposó a la hija de los dioses Ares y Afrodita, la hermosa Harmonía. De este matrimonio nacieron cuatro hijas: Ino, Autónoe, Ágave y Sémele, así como un hijo varón, Polidoro .  A su vez, Polidoro fue padre de Lábdaco, quien, tras quedar huérfano cuando aún era un niño, llegaría a ser rey de Tebas. Su hijo, Layo, también quedó sólo muy pronto; no obstante, ocuparía finalmente el trono dejado por  Lábdaco, compartiéndolo con su esposa, Yocasta. Así llegamos al nacimiento de nuestro personaje, Edipo, hijo de Layo y Yocasta, cuya historia veremos a continuación.


 

III. LA LEYENDA DE EDIPO

 

  1. La maldición de Layo

Layo, hijo de Lábdaco y, por lo tanto, descendiente directo del mítico fundador del fundador de Tebas, había sido desterrado de su ciudad y había encontrado refugio en el palacio de Pélope, rey de Pisa. Allí, Layo quedó prendado del joven hijo del rey, Crísipo. Layó raptó al muchacho, rompiendo con las normas de la hospitalidad (proxenía), tan respetada en el mundo griego. Lo llevó a Tebas y, como consecuencia de esa terrible acción,  Pélope lanzó su maldición contra Layo: habría de morir a manos del hijo que engendrara.


Oráculo de la Pitia a Layo

¡Oh Labdácida Layo!, ¿deseas  una dichosa descendencia?.Te concederé un hijo, mas  la suerte te condena a dejar la luz a manos de aquél. Lo ha querido el Crónida Zeus, atendiendo las funestas maldiciones de Pélope, cuyo hijo raptaste. Tal fue su súplica.

Manuscritos del Edipo Rey


Layo, ya en el trono de Tebas, se casó con Yocasta, hija del esparto Equión y de Ágave, una de las hijas de Cadmo. De ellos nació Edipo, aquél de quien la Pitia había profetizado. Para evitar el cumplimiento del oráculo, Layo decidió abandonar al niño en un monte cercano a Tebas, el Citerón, con el fin de que muriera. Años después, en el camino que conducía a Delfos, Layo alcanzó la muerte a manos de un extraño en una reyerta. Este personaje desconocido era, en realidad, su propio hijo, Edipo: el destino, la Moira, como lo denominaban los griegos, se cumplía finalmente.

 

  1. Edipo


Varias son las versiones que sobre la leyenda de Edipo se nos ofrecen, ya sea aquella que conocían los poetas arcaicos, como Homero, Hesíodo o Píndaro; ya la que recrean en sus tragedias los grandes dramaturgos  del siglo V a. C., en especial Sófocles, cuya narración del mito en su obra Edipo Rey es la base de nuestro conocimiento del mismo.

Edipo, recién nacido, fue abandonado, como decíamos, en el monte Citerón con la esperanza de que muriera. Como suele ocurrir en las leyendas, no fue así; unos pastores corintios que se hallaban en la región, lo recogieron y lo llevaron a Pólibo y Mérope, reyes de Corinto. Mérope, que no podía tener hijos, decidió hacer pasar por suyo al pequeño quien, tras haber permanecido con los tobillos atados  al ser expuesto, sufría la hinchazón de sus pies: por ello, los reyes dieron el nombre de Edipo, "El de los pies hinchados", al pequeño.

Creció el joven Edipo pensando que sus padres eran los reyes de Corinto. Cuando fue mayor, durante una riña, alguien le echó en cara que era hijo adoptivo; Edipo interrogó a Pólibo y Mérope, que se indignaron y no le dieron una respuesta satisfactoria. Marchó, pues, en dirección a Delfos a consultar al oráculo de Apolo acerca de su verdadera identidad. En Delfos el oráculo no contestó a lo que preguntaba, sino que le vaticinó que su destino era matar a su padre y casarse con su madre. Al no contestar a su pregunta y darle esa terrible respuesta, Edipo dio por sentado que era el hijo de quienes había considerado como padres. Para que no se cumpliese la horrible predicción, decidió no regresar a casa. En el camino de Delfos se encontró con el rey Layo: uno de sus criados le indica que ceda el paso y, al no obedecer Edipo, mató uno de sus caballos. Edipo se enfureció, lucharon y acabó matando al criado y al propio Layo.

 

Así la Moira, que conserva el patrimonio

del gozoso destino de este pueblo, unida a la divina prosperidad,

también les hace soportar alguna pena

que vuelve a retornar en otro tiempo:

desde que mató a Layo su hijo predestinado

al encontrarse con él, cumpliendo en ese instante el oráculo

antaño emitido en Pitón.

 

Píndaro, Olímpica, II, 35-40

 


En Tebas, al conocerse la muerte del rey Layo, ocupó el trono como regente Creonte, el hermano de Yocasta.  Entretanto, el territorio de Tebas sufría un cruel castigo de Hera, irritada por el delito cometido por Layo al raptar al hijo de Pélope y porque los tebanos no habían castigado a Layo por esa mala acción: Tebas estaba siendo asolada por Esfinge.

Esfinge era un ser monstruoso, hija de Equidna y Tifón. Tenía cabeza de mujer, pecho, patas y garras de león, cola de serpiente y alas de pájaro. Las Musas le habían enseñado varios enigmas que diariamente proponía a los habitantes de Tebas, que no conseguían resolverlos. Cada día Esfinge devoraba a uno de ellos. Tebas se vería libre del monstruo cuando alguien resolviera el enigma. Creonte había prometido la mano de Yocasta y el trono de Tebas a quien fuera capaz de salvar la ciudad.

Así las cosas, Edipo, que no quería regresar a Corinto, apareció en Tebas y se enfrentó a la monstruosa Esfinge.


El enigma

Existe un ser con dos, tres y cuatro pies sobre la tierra, mas sólo una voz: es el único ser que cambia de naturaleza entre aquellos que marchan sobre la tierra, el aire y las olas; cuando, apoyándose sobre más pies, camina, es entonces mucho menor la agilidad de su cuerpo.


La respuesta de Edipo

Escucha, aun cuando no quieras, musa de mal agüero, la respuesta al enigma: en una palabra, el Hombre, quien tras salir del vientre de su madre, se arrastra indefenso a cuatro pies. Llegado a viejo, se apoya sobre un tercer pie, un bastón, y su espalda se dobla por el peso de los años.


Edipo se casó con Yocasta y con ella tuvo dos hijos, Eteocles y Polinices, y dos hijas, Antígona e Ismene. La fortuna parecía sonreír, finalmente, a Edipo.


Él había llegado a lo más alto; se había adueñado de una fortuna y dicha completas. Había destruido, ¡oh Zeus!, a la doncella cantora de oráculos, de curvadas garras. Él se había erigido ante nuestra ciudad como fuerte torre contra la muerte. Y así fue como tú, Edipo, fuiste proclamado nuestro rey, recibiste los más altos honores y reinaste sobre la poderosa Tebas.

Sófocles, Edipo Rey, 1195-1203


Después, se descubrió la verdad: el rey Edipo era  el niño que Layo mandó abandonar en el monte Citerón y Yocasta era su madre. En la tradición épica, Edipo seguía reinando en Tebas hasta que moría en una guerra contra sus vecinos, si bien el resto de su vida lo pasara atormentado por los males que desencadenan las Erinias vengadoras de una madre. En la tragedia,  Edipo partía desterrado, cumpliendo así la sentencia que él mismo había pronunciado contra el asesino de Layo cuando aún ignoraba que el culpable era él.  Sus dos hijos varones lo abandonaron. Edipo lanzó contra ellos la  maldición de que se destruyeran mutuamente.


Maldición de Edipo a sus hijos

Contra ambos hijos lanzó terribles imprecaciones que no pasaron inadvertidas a la venganza divina: guerra y lucha mutua sin término, por no ofrecer, con amor, lo debido a un padre.

Tebaida
, (Athen. 465 E), vv. 7-10


En el destierro lo acompañó su hija Antígona. Con ella llegó al Ática, a la ciudad de Colono, y allí murió.

 

  1. Eteocles y Polinices


     Después de marchar Edipo desterrado, sus dos hijos, Eteocles y Polinices acordaron gobernar Tebas alternativamente un año cada uno. Comienza Eteocles y, cuando pasado el año, su hermano le reclama su turno, se niega a ello y expulsa a Polinices.

Polinices se dirigió a Argos, a la corte del rey Adrasto. Allí se casó con una hija de este rey, quien tomó como tarea restablecer a Polinices en el trono de Tebas, y para lograrlo decidió organizar una expedición con los caudillos más importantes de la zona. Al llegar al monte Citerón enviaron al etolio Tideo con la misión de reclamar el trono para Polinices. No obtubo respuesta y se inició la guerra. El resultado de la confrontación fue el que había vaticinado un adivino, Anfiarao: murieron todos los caudillos del ejército dirigido por Polinices y su suegro Adrasto. Eteocles y Polinices se dieron muerte mutuamente ante las murallas de Tebas, cumpliéndose así la maldición que lanzó contra ellos Edipo.

 

 

  1. Antigona


Antígona, heroína que se ha hecho famosa en la literatura a partir de la obra de Sófocles, ha quedado como modelo de piedad filial y fraternal. Cuando Edipo salió de Tebas, ciego y desterrado, ella se convirtió en su lazarillo y guía. Cuando murió Edipo, regresó a Tebas, donde vivió con su hermana Ismene.

Al darse muerte mutuamente sus dos hermanos, Eteocles y Polinices, Creonte, el entonces rey de Tebas, ordenó que se hicieran solemnes funerales por Eteocles, pero prohibió, bajo pena de muerte, que se diera sepultura a Polinices por haber venido al frente de un ejército enemigo contra su patria. Recibir honras fúnebres tenía la máxima importancia entre los griegos: si no era así, el difunto no podía incorporarse al Mundo de los Muertos. Era deber de los familiares encargarse de que se realizaran las exequias. Por esa razón, Antígona arrostró la posibilidad de perder la vida, si con ello podía ofrecer los mínimos honores fúnebres a su hermano. Descubierta, fue condenada a muerte y a ser encerrada viva en la tumba de los Labdácidas. Antígona prefirió quitarse ella misma la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Glosario

 

Aedo:

Nombre dado a los antiguos poetas griegos que componían y recitaban sus versos con la única ayuda de la memoria. Sus cantos recogen la tradición mítica heredada oralmente generación tras generación. Poemas como la Ilíada  o la Odisea, obras atribuidas a Homero, formaban parte del repertorio de los aedos, quienes recorrían  toda Grecia recitando sus composiciones en casas de nobles; en certámenes poéticos; en fiestas religiosas, etc.   

Apolo:

Dios hijo de Zeus y Leto, hermano de la diosa Ártemis.  La cítara y el arco son sus atributos, así como el cisne, animal que le estaba consagrado. Es prerrogativa suya conceder la inspiración a los poetas, así como a los adivinos. Su culto, muy extendido por toda la Hélade, gozaba de especial importancia en la ciudad de Delfos, donde se encontraba su Oráculo:  un santuario al que llegaban desde todos los rincones a consultar a la divinidad sobre el destino. Las respuestas oraculares, pronunciadas por la Pitia , una suerte de sacerdotisa, siempre ambiguas y oscuras, eran interpretadas por los exégetas del templo.

Atenea:

Diosa hija de Zeus y, según algunas fuentes, de Metis ("La Inteligencia"), si bien la tradición popular concebía su nacimiento de la cabeza de Zeus y, por lo tanto, sin madre. Protectora de las artes y oficios manuales, se la representa habitualmente como una diosa guerrea, armada de casco, coraza, lanza y égida (escudo de piel de cabra), y la lechuza es su animal consagrado. Diosa benefactora por excelencia, numerosas leyendas cuentan cómo aparece en momentos de especial dificultad para los héroes: en el mito que nos ocupa, Atenea es quien indica a Cadmo cómo conseguir habitantes para la recién fundada ciudad de Tebas: sembrando los dientes del dragón de Ares.

Cadmeo/a:

Epíteto que se aplica a todo descendiente de Cadmo, fundador mítico de la ciudad de Tebas, así como a la propia ciudad, frecuentemente llamada "la ciudad cadmea".

Citerón:

Monte próximo a Tebas. En  él fue expuesto Edipo recién nacido.

Crónida:

Epíteto aplicado a los dioses engendrados por Crono y Rea, especialmente a Zeus. Literalmente, "el hijo de Crono".

Erinias  (Euménides):

Divinidades nacidas de la Tierra y de la sangre de Urano ("El Cielo"). Vengadoras de los crímenes y ejecutoras de las maldiciones. Persiguen de forma implacable a los parricidas. Edipo sufre su azote por los crímenes que ha cometido, por más que lo hayan sido desde la inconsciencia. Alecto, Tisífone y Megera eran sus nombres: terroríficas en su función, también lo eran en su aspecto: serpientes en lugar de cabellos, blandían , asimismo, látigos de serpientes y portaban antorchas fúnebres. Los latinos las conocieron con el nombre de Furias.

Labdácida:

Epíteto aplicado a los descendientes de Lábdaco, que es padre de Layo y, por lo tanto, abuelo de Edipo.

Moiras:

Divinidades en cuyas manos está señalar y ejecutar el destino de dioses y hombres: El poeta Hesíodo  las considera hijas de la Noche. Representadas como tres viejecitas tejedoras, Cloto, Láquesis y Átropo  devanan, hilan y tejen la vida de los hombres, simbolizadas en su labor.

Spartoí ("Los sembrados"):

Hombres surgidos de la  tierra tras sembrar Cadmo los dientes del dragón de Ares.