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POESÍA LÍRICA
MIMNERMO DE COLOFÓN
JENÓFANES DE COLOFÓN
TEOGNIS DE MÉGARA
SOLÓN DE ATENAS
ARQUÍLOCO DE PAROS
SAFO DE MITILENE
ALCEO DE MITILENE
ANACREONTE DE TEOS
PÍNDARO
DE TEBAS
ERINA DE TELOS
ÁNITE
DE TEGEA
MIMNERMO de COLOFÓN
¿Qué vida, qué placer hay al margen de
la áurea Afrodita?
Morirme quisiera cuando ya no me importen
el furtivo amorío y sus dulces presentes y el
lecho,
las seductoras flores que da la juventud
a hombres y mujeres. Pues más tarde acude penosa
la vejez, que a un tiempo feo y débil deja al
hombre.
De continuo agobian su mente tristes
presentimientos
y no disfruta ya al contemplar los rayos del
sol,
entonces es odioso a los niños, y despreciable a
las mujeres.
¡Tan horrible implantó la divinidad la vejez!
Nosotros, cual las hojas que cría la
estación florida
de primavera, apenas se difunde a los rayos del
sol,
semejantes a ellas, por breve tiempo gozamos de
flores
de juventud, sin conocer por los dioses ni el
mal
ni el bien. Pero al lado se presentan las Ceres
oscuras,
la una con el embozo de la funesta vejez,
la otra con el de la muerte. Un instante dura el
fruto
de la juventud, mientras se esparce sobre la
tierra el sol.
Mas apenas ha pasado esa sazón de la vida,
entonces resulta mejor estar muerto que vivo.
Muchos males entonces asaltan el ánimo. Unas
veces el hogar
se arruina y vienen los duros acosos de la
miseria.
Otro, en cambio, carece de hijos, y con ese
ansia extrema
emprende bajo tierra su camino hacia el Hades.
A otro le apresa una angustiosa enfermedad.
Ninguno
entre los hombres hay a quien Zeus no le dé
muchos males.
JENÓFANES de COLOFÓN
Si manos tuvieran
los bueyes, caballos o leones
y con ellas pintar y modelar como los hombres
pudieran,
de los dioses imágenes iguales a caballos los
caballos harían,
iguales a bueyes, los bueyes,
y cuerpos semejantes a los suyos les darían.
TEOGNIS
de MÉGARA
La Esperanza
es la única diosa que habita entre humanos,
las demás se
marcharon, dejándola atrás, al Olimpo.
Se fue la Confianza,
gran diosa, se fue de los hombres
la Cordura, y las
Gracias, amigo, dejaron la Tierra.
Ya no hay juramentos de
fiar entre humanos ni justos,
ni nadie demuestra
respeto a los dioses eternos;
se ha extinguido el
linaje de hombres piadosos; ahora
ni normas legales
conocen ni aún la Piedad.
Mas en tanto uno vive
y ve el brillo del sol,
conserve piadoso su fe
en la divina Esperanza,
rece a los dioses y,
al ofrecerles los grasientos muslos,
en sus sacrificios
invoque, al comienzo y al fin, la Esperanza.
Guárdese siempre del
torvo discurso de hombres injustos
que, sin recelo
ninguno del ser de los dioses eternos,
de continuo a los
bienes ajenos su vista dirigen,
y establecen infames
apaños con ruines propósitos.
SOLÓN de ATENAS
... La Moira es, en
efecto, quien da a los humanos el bien y el mal
y son inevitables los
dones de los dioses inmortales.
En todas las acciones
hay riesgo y nadie sabe
en qué va a concluir
un asunto recién comenzado.
Así que uno que
pretende obrar bien no ha previsto
que se lanza a un duro
y enorme desastre,
y a otro, que obró
mal, le concede un dios para todo
la suerte del éxito,
que contrarresta su propia torpeza.
De la riqueza no hay
término alguno fijado a los hombres;
pues ahora entre
nosotros el que más bienes tiene
el doble se afana.
¿Quién puede saciarlos a todos?
Las ganancias, de
cierto, las dan a los hombres los dioses,
y de ellas procede el
desastre, que Zeus de cuando en cuando
envía como castigo, y
ya uno, ya otro lo recibe.
ARQUÍLOCO de PAROS
Soy yo, a la vez, servidor del divino Enialio
y conocedor del amable don de las Musas.
En la lanza tengo mi pan negro, en la lanza
mi vino de Ismaro, y bebo apoyado en mi lanza.
Algún Sayo alardea con mi escudo, arma sin
tacha,
que tras un matorral abandoné, a pesar mío.
Puse a salvo mi vida. ¿Qué me importa el tal
escudo?
¡Váyase al diantre! Ahora adquiriré otro no
peor.
No se van ya a tensar muchos arcos ni frecuentes
hondas, cuando a contienda Ares convoque en el
llano.
De espaldas será muy quejumbrosa la tarea.
Que en este género de lucha son muy expertos
ellos,
los dueños de Eubea, afamados por sus lanzas.
Anda, con la copa recorre el banco de remeros
de la rauda nave, y destapa las jarras panzudas.
y escancia el vino rojo hasta el fondo de las
heces.
Pues no podremos soportar sobrios esta guardia.
Tus fúnebres quejas, Pericles, ningún ciudadano
censurará, ni tampoco la ciudad, entre fiestas.
Tales eran aquéllos que las olas del mar bravío
sepultaron. Hinchados por las penas tenemos
los pulmones. Pero los dioses, amigo mío,
establecieron como medicina para males sin
remedio
la firme resignación. Ya uno, ya otro los tiene.
Hoy nos tocó a nosotros, y una sangrienta herida
lloramos. Luego alcanzará a otros. Con que al
punto
resignaos y dejad ese llanto de mujeres.
Todo al hombre, Pericles, se lo dan el Azar y el
Destino.
Porque ni llorando remediaré nada, ni nada
empeoraré dándome a placeres y festejos.
No me importan los montones de oro de Crises.
Jamás me dominó la ambición y no anhelo
el poder de los dioses. No codicio una gran
tiranía.
Lejos está tal cosa, desde luego, de mis ojos.
Corazón, corazón de irremediables penas agitado,
¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles
el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente
con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te
ufanes,
ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.
En las alegrías alégrate y en los pesares gime
sin excesos. Advierte el vaivén del destino
humano.
A los dioses atribúyelo todo. Muchas veces
levantan
de las desdichas a los hombres echados sobre el
oscuro suelo;
y muchas veces derriban y tumban panza arriba
a quienes caminan erguidos. Luego hay muchos
daños
y uno yerra falto de sustento y en desvarío de
mente.
Ningún ciudadano es venerable ni ilustre
cuando ha muerto. El favor de quien vive
preferimos
los vivientes. La peor parte siempre toca al
muerto.
Ningún suceso hay ya inesperado, ni increíble
ni maravilloso, cuando Zeus, Padre de los
Olímpicos,
de un mediodía hizo noche, ocultando la luz
del sol brillante. Húmedo espanto sobrevino a
las gentes.
Desde entonces, cualquier cosa resulta creíble y
esperable
a los humanos. Ninguno de nosotros se admire al
verla.
Ni si las bestias agrestes truecan con los
delfines
el pasto marino y tienen por más gratas que la
tierra
las olas resonantes del mar, y aquéllos
prefieren el monte.
No quiero un general alto y bien plantado
ni ufano en sus bucles y esmerado en afeites.
Por mi, ojalá sea un tipo pequeño y patizambo
que se mantenga firme en sus pies, todo corazón.
Jugueteaba ella con un ramo de mirto
y una linda flor del rosal...
Su melena
le aureolaba de sombra los hombros y la frente.
Tal ansia de amor me envolvió el corazón
y densa niebla derramó sobre mis ojos
robando de mi pecho el suave sentido.
Ojalá pudiera tocar la mano de Neobule...
Padre Licambes, ¿qué es lo que tramaste?
¿Quién perturbó tu entendimiento? Antes
estabas en tus cabales. Pero ahora eres
en la ciudad gran motivo de burla.
Sé sólo una cosa importante: responder
con daños terribles a quien daños me hizo.
SAFO de MITILENE
Inmortal Afrodita, la de trono pintado,
hija de Zeus, tejedora de engaños, te lo ruego:
no a mí, no me sometas a penas ni angustias
el ánimo, diosa.
Pero acude acá, si alguna vez en otro tiempo,
al escuchar de lejos de mi voz la llamada,
la has atendido y, dejando la áurea morada
paterna, viniste,
tras aprestar tu carro. Te conducían lindos
tus veloces gorriones sobre la tierra oscura.
Batiendo en raudo ritmo sus alas desde el cielo
cruzaron el éter,
y al instante llegaron. Y tú, oh feliz diosa,
mostrando tu sonrisa en el rostro inmortal,
me preguntabas qué de nuevo sufría y a qué
de nuevo te invocaba,
y qué con tanto empeño conseguir deseaba
en mi alocado corazón. "¿A quién, esta vez
voy a atraer, oh querida, a tu amor? ¿Quién
ahora,
ay Safo, te agravia?
Pues si ahora te huye, pronto va a perseguirte;
si regalos no aceptaba, ahora va a darlos,
y si no te quería, en seguida va a amarte,
aunque ella resista".
Acúdeme también ahora, y líbrame ya
de mis terribles congojas, cúmpleme que logre
cuanto mi ánimo ansía, y sé en esta guerra
tú misma mi aliada.
Me parece igual a los dioses
el hombre aquel que frente a ti de sienta,
y a tu lado absorto escucha mientras
dulcemente hablas
y encantadora sonríes. Lo que a mí
en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo
decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy, y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.
Ya se ocultó la luna
y las Pléyades. Promedia
la noche. Pasa la hora.
Y yo duermo sola.
Dicen unos que un ecuestre tropel, la infantería
otros, y ésos, que una flota de barcos resulta
lo más bello en la oscura tierra, pero yo digo
que es lo que uno ama.
Y es muy fácil hacerlo comprensible a
cualquiera.
Pues aquélla que mucho en belleza aventajaba
a todos los humanos, Helena, a su esposo,
un príncipe ilustre,
lo abandonó y marchóse navegando hacia Troya,
sin acordarse ni de sus hijas ni de sus padres
en absoluto, sino que la sedujo Cipris.
ALCEO de MITILENE
No acierto a ver de dónde sopla el viento;
rueda la ola gigante unas veces de este lado
y otras de aquél; nosotros por en medio
somos llevados en la negra nave...
¡Ahora es cuando hay que embriagarse
bebiendo hasta perder el tino,
pues que Mírsilo ha muerto!
ANACREONTE de TEOS
Venga ya, tráenos, muchacho,
la copa, que de un trago
la apuro. Échale diez cazos
de agua, y cinco de vino,
para que sin excesos otra vez
celebre la fiesta de Dioniso.
Oh Soberano, compañero de juegos
de Eros seductor y de las Ninfas
de párpados azules y de la purpúrea
Afrodita, tú que recorres
las elevadas cumbres de los montes.
A ti te imploro, y tú benévolo
acúdenos a escuchar
nuestro ruego agraciado.
Sé tú de Cleobulo un buen
consejero, y que acepte,
oh Dioniso, mi amor.
Echándome de nuevo su pelota de púrpura
Eros de cabellera dorada
me invita a compartir el juego
con la muchacha de sandalias de colores,
Pero ella, que es de la bien trazada Lesbos,
mi cabellera, por ser blanca, desprecia,
y mira, embobada, hacia alguna otra.
A Cleobulo yo amo,
por Cleobulo enloquezco,
de Cleobulo ando prendado.
Canosas ya tengo las sienes
y blanquecina la cabeza,
pasó ya la juventud graciosa,
y tengo los dientes viejos;
del dulce vivir el tiempo
que me queda ya no es mucho.
Por eso sollozo a menudo,
estoy temeroso del Tártaro.
Pues es espantoso el abismo
del Hades, y amargo el camino
de bajada... Seguro además
que el que ha descendido no vuelve.
Potrilla tracia, ¿por qué me miras
de reojo, y sin piedad me huyes,
y piensas que no sé nada sabio?
Ten por seguro que a ti muy bien
yo podría echarte el freno,
y con las riendas en la mano
dar vuelta a las lindes del estadio.
Pero ahora paces en los prados
y juegas con ágiles cabriolas,
porque no tienes un jinete
experto en la doma de yeguas.
De nuevo amo y no amo,
y deliro y no deliro.
PÍNDARO de TEBAS
En breve tiempo crece la dicha de los mortales,
pero, de igual forma, cae por tierra zarandeada
por el destino inflexible.
Seres de un día, ¿qué es uno? ¿qué no es?
El hombre es el sueño de una sombra.
ERINA DE TELOS
Pues no pueden mis
profanos pies salir de casa
ni puedo verte muerta
con mis ojos, ni llorarte
con el cabello suelto,
sino que la purpúrea vergüenza
me araña las
mejillas...
Desde aquí, a nado
hacia el Hades inane lamento.
Entre los muertos,
silencio; en sus ojos, sombrío velo.
ÁNITE de TEGEA
Pasajero, da reposo al abrigo de la peña a tus
miembros
fatigados,
¡tan dulce murmura la brisa entre el verde
follaje!
Bebe el agua fresca de la fuente. Pues a los
caminantes
es grato sin duda este respiro en el calor
ardiente.
Aquí estoy yo, Hermes, erguido junto al soto
bien aireado,
en una encrucijada, al lado de la playa
blanquecina,
brindando un respiro en el camino a los hombres
fatigados.
Fresco, límpido, a mis pies un venero murmura.
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