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HERACLES
Heracles, Hércules para
los romanos, fue el más grande de todos los héroes griegos. Nacido de
Zeus, que tomó la imagen del rey Anfitrión para seducir a su esposa
Alcmena, padeció como ningún otro de los hijos del Crónida la ira de la
celosa Hera. Salió triunfador de cuantas trabas y pruebas la diosa le
impuso y se convirtió en símbolo de la superación del hombre. Consiguió la
inmortalidad y ocupó un lugar junto a los dioses olímpicos.
INFANCIA Y JUVENTUD
La misma noche que Zeus
sedujo a Alcmena, el verdadero Anfitrión durmió junto a su esposa. Dos
niños nacieron de aquella unión doble, Heracles e Ificles. Una vez nacido,
el niño Heracles pronto reveló su potencial heroico. Cuando todavía estaba
en la cuna, estranguló a dos serpientes que la esposa de Zeus, Hera, había
enviado para atacarlo. Durante su juventud, su carácter indisciplinado y
fuerte le causó tantas desgracias como alegrías; valeroso, hizo frente a
terribles fieras y ayudó a cuantos lo necesitaban. Pero su desmesura
acababa con frecuencia en arrebatos de locura, inducida por el abundante
vino. Durante estos períodos de embriaguez, cometió crímenes horribles,
como el asesinato de sus propios hijos, nacidos de Mégara. Pero una y otra
vez, recobrada la cordura, asumía su responsabilidad y expiaba su culpa con
los sacrificios que exigieran los dioses.
LOS TRABAJOS DE HERACLES
Para expiar la muerte de
sus hijos, el oráculo de Delfos le encomendó servir a su primo Euristeo,
rey de Argos, en cuantas misiones le propusiera. Los primeros seis trabajos
se sitúan todos en el Peloponeso, mientras que los seis últimos lo llevaron
a los limites del mundo griego y aún más allá. Heracles fue perseguido en
todos los trabajos por el odio de la diosa Hera, siempre celosa de los
hijos que Zeus había tenido con otras mujeres. Por el contrario, la diosa
Atenea era una entusiasta partidaria de Heracles, que también gozaba de la
compañía y ayuda ocasional de su sobrino Yolao.
I. El primer trabajo de
Heracles fue matar al león de Nemea. Ya que este enorme animal era
invulnerable a cualquier arma, Heracles luchó con él cuerpo a cuerpo y al
final lo estranguló hasta matarlo. Después le quitó la piel con la ayuda de
una de las garras del león y la llevó a modo de capa, con las patas
anudadas alrededor del cuello, el hueco de las fauces sobre la cabeza y la cola
colgándole por atrás.
II. El segundo trabajo
requería la destrucción de la hidra de Lerna. Cada vez que Heracles le
cortaba una de las muchas cabezas que tenía, dos más crecían en su lugar;
mientras el héroe cortaba las cabezas, Yolao cauterizaba las heridas con
una antorcha, de manera que ninguna pudiera volver a crecer, hasta que al
final consiguieron vencer al monstruo.
III. El
tercer trabajo que encomendó Euristeo a Heracles fue la captura de un feroz
jabalí que asolaba los campos del monte Erimanto. Heracles se lo presentó
vivo al rey, que aparece refugiándose de forma cobarde dentro de una tinaja
en numerosas representaciones artísticas.
IV. Un año
entero llevó a Heracles realizar el cuarto trabajo: capturar a la cierva de
Cerinia, animal prodigioso consagrado a la diosa Ártemis.
V. Las aves
del lago Estinfalo eran tan numerosas que arrasaban todas las cosechas de
las vecindades de aquel paraje de Arcadia; varias fuentes aseguran que eran
antropófagas, o que al menos eran capaces de disparar sus plumas como
flechas. Heracles las dispersó, ya fuera con una honda, con su arco o con
una carraca de bronce hecha por el dios Hefesto.
VI. El rey Augias de Élide
poseía grandes rebaños de ganado y sus establos, nunca limpiados, rebosaban
de estiércol. Euristeo encomendó a Heracles limpiarlos en un solo día,
trabajo que realizó al desviar de su curso un río, haciéndolo pasar por los
establos.
VII. El
siguiente trabajo lleva a Heracles a la isla de Creta, donde hubo de
capturar a un salvaje y feroz toro.
VIII. En
Tracia se desarrolla su octavo trabajo: enfrentarse a las yeguas
antropófagas de Diomedes. Heracles las capturó y amansó dándoles de comer a
su propio amo Diomedes.
IX. En la ciudad de Temiscira, en las costas del Mar Negro,
habitaba una raza de mujeres guerreras, las amazonas. Heracles debía acudir
allí y traer consigo el cinturón de Hipólita, reina de las amazonas, cosa
que hizo después de una sangrienta batalla.
X. El décimo trabajo
conduce al héroe a Eritia, en el extremo occidente, para buscar los bueyes
de Gerión, ser de tres cuerpos que apacentaba su preciado ganado con la
ayuda de un feroz pastor, Euritión, y de un perro de dos cabezas y cola de
serpiente llamado Ortro (hermano de Cerbero, el perro que guardaba la
entrada del Hades).
XI. Cuando
llegó a Grecia, Euristeo lo envió al trabajo más difícil de cuantos
acometió: descender al Hades y traer a Cerbero. Guiado por el dios Hermes,
Heracles descendió al tenebroso reino de la muerte, y con el consentimiento
de Hades y Perséfone, señores del mundo subterráneo, tomó prestado al
terrorífico monstruo de tres cabezas para enseñárselo al aterrorizado
Euristeo.
XII. Por
último, Heracles tuvo que ir en busca de las manzanas de oro del jardín de
las Hespérides. Estas manzanas habían sido entregadas por Gea, la Tierra, a
Zeus y Hera como regalo de bodas. Crecían en un árbol guardado por las
ninfas llamadas Hespérides (“Las muchachas del atardecer”) y por una
serpiente. Se consideraban fuente de eterna juventud y de inmortalidad. De
este modo, su último trabajo representa el ascenso de Heracles al Olimpo y
su apoteosis.
OTRAS HAZAÑAS
Además
de los Doce Trabajos, se atribuían a Heracles muchos otros hechos heroicos
y aventuras.
Heracles era muy leal con
sus amigos; en más de una ocasión arriesgó su propia vida para salvarlos,
siendo el caso más espectacular el de Alcestis. Admeto, rey de Feras
(Tesalia), llegó a un acuerdo con Apolo según el cual, cuando le llegase la
hora de la muerte, se le permitiría seguir viviendo siempre que encontrase
a alguien que quisiese morir en su lugar. Sin embargo, cuando Admeto estaba
al borde de la muerte, resultó mucho más difícil de lo que creía encontrar
un sustituto; tras haberse negado de forma egoísta sus ancianos padres,
Alcestis, su esposa, se ofreció a morir en lugar de su marido. Cuando
Heracles llegó, ella ya había descendido al Hades, y él, inmediatamente,
fue en su busca. Luchó con la Muerte y venció, trayéndola de regreso al
mundo de los vivos.
EL FIN DE HERACLES
Una vez, cuando él y su
nueva mujer Deyanira estaban cruzando un río, el centauro Neso se ofreció a
cruzar a Deyanira, pero sus intenciones no eran nada buenas: intentó
violarla en medio del río. Heracles lo hirió. Neso, moribundo, exhortó a
Deyanira a coger sangre de su herida y guardarla; si Heracles se enamoraba
de otra mujer, sólo tendría que empapar una prenda en aquella sangre y
entregarla al marido, quien ya nunca miraría a otra. Años más tarde, a
Deyanira le surgió la ocasión de emplear este remedio. Deyanira envió a su
marido una túnica mojada en la sangre del centauro, sangre envenenada que
abrasó la piel del héroe y lo hizo caer agonizante. Su hijo mayor, Hilo, lo
llevo a la cima de un monte donde preparó la pira funeraria. Sin embargo,
los trabajos de Heracles habían asegurado su inmortalidad. Ascendió al
Olimpo y ocupó un lugar entre los dioses. Allí recibió como esposa a Hebe
("La Juventud").
TEXTOS
HOMERO Odisea, XI 601-604;
617-626
"Después de ellos vi a Heracles el fuerte, mas sólo en
su sombra,
ya que él de los dioses al lado se goza en festines
con Hebe de lindos tobillos, que el máximo Zeus
engendrara con Hera inmortal de doradas sandalias (...)
"¡Oh Laertíada, retoño de Zeus, prudente Odiseo!
¡Desgraciado! Tú sufres también un funesto destino
como aquel que yo mismo arrastré bajo la luz del día.
Aunque hijo del Crónida Zeus, me cupo una carga
de infinito pesar; sometióseme a un hombre, con mucho
inferior, que, imponiéndome duros trabajos, un día
hasta aquí me mandó por el perro de Hades. Pensaba
que no había para mí más difícil empresa que aquella,
pero cogí al perro y lo traje a la luz, porque tuve,
al volver, por guías a Hermes y a Atenea de ojos de lechuza".
EURÍPIDES, Alcestis
APOLO.- A Admeto, el hijo de Feres, salvé de morir,
engañando a las diosas del Destino. Ellas me permitieron que Admeto
escapase, por el momento, del Hades, si entregaba a cambio otro cadáver a
los de abajo. Ha ido sondeando, uno a uno, a todos los suyos, a su padre y
a la anciana madre que lo trajo al mundo, y a nadie encontró, excepto a su
mujer que quisiera dejar de contemplar ya la luz del sol, muriendo en su
lugar. (...)
ALCESTIS.- "Señora, ya que marcho bajo tierra, postrándome ante
ti por última vez, voy a suplicar que te cuides de mis niños huérfanos, y a
uno le unzas esposa que lo ame y a la otra noble esposo. Y que no mueran
sin madurar, como ahora sucumbe su madre, sino que, felices en la tierra
paterna, vivan por entero una vida agradable" (...)
Veo la barca de dos remos en la laguna y al barquero de los muertos,
Caronte, teniendo la mano sobre el varal, que me llama...
Alguien me lleva, alguien me lleva - ¿no lo ves? - hacia la morada de los
muertos, mirando bajo sus cejas de azulado reflejo, con alas, Hades. (...)
ADMETO.- Si tuviese la lengua y el canto de Orfeo, para conmover con
mis canciones a la hija de Deméter o a su esposo y poder sacarte del Hades,
descendería allí y ni el perro de Plutón, ni Caronte sobre el remo,
conductor de almas, podrían retenerme, antes de volver a llevar a tu vida
hacia la luz. (...)
HERACLES.- Un trabajo realizo para Euristeo...Voy en busca de la
cuadriga de Diomedes el tracio. (...)
¡oh corazón y mano mía que tanto habéis soportado, muestra ahora qué clase
de hijo la tirintia Alcmena, hija de Electrión, le dio a Zeus! Tengo que
salvar a la mujer que acaba de morir e instalar de nuevo a Alcestis en esta
casa y dar a Admeto una prueba de mi agradecimiento. Me voy a ir a acechar
a la reina de los muertos, de negra túnica, a la Muerte. Creo que la
encontraré cerca de la tumba, bebiendo la sangre de sus víctimas. (...)
ADMETO.- ¿estoy viendo a mi esposa, a la que deposité en la tumba?
(...) ¿Cómo has conseguido traerla desde abajo hasta esta luz?
HERACLES.- Entablando combate con el dios que la tenía en su
poder."
EURÍPIDES,
Heracles
loco.
"Heracles ya no era
el mismo: alterado en el movimiento de sus ojos y dejando ver en ellos las
raíces enrojecidas, arrojaba espuma sobre su barba bien poblada. (...)
Entonces su padre le tocó el robusto brazo y le dijo: "Hijo, ¿qué te
pasa? (...)
...prepara el carcaj y el arco contra sus propios hijos creyendo que va a
matar a los de Euristeo. Éstos, temblando de miedo, se lanzaron cada uno
por un lado: uno se refugió tembloroso en el manto de su desdichada madre,
otro en la sombra de una columna, otro en el altar, como un pájaro. Su
madre le gritaba: "¡oh tú que los engendraste, ¿qué vas a hacer? ¿vas
a matar a tus hijos?".
Entonces Heracles persigue a su hijo en torno a la columna con terrible
giro de sus pies y, poniéndose enfrente, le dispara contra el hígado. Y al
expirar éste empapó boca arriba los zócalos de piedra. Él lanzó un grito de
victoria y decía con jactancia: "Este polluelo de Euristeo que acaba
de morir ha caído a mis manos en pago del odio que su padre me tiene".
PETRONIO, Satiricón 136. El protagonista, Encolpio, pide
ayuda a la vieja sacerdotisa Enotea, que rinde culto al dios Príapo, para
recobrar su virilidad, venida a menos en sus últimas aventuras amorosas.
Mientras ella intenta preparar lo necesario para el ritual mágico, Encolpio
se enfrenta a esta difícil situación: el ataque de un grupo de ocas.
"Al punto y para que nada retrasase el sacrificio, corrió la vieja
(Enotea) a todo correr a casa de una vecina en busca de con qué volver a
encender el fuego. También yo corrí hasta la puerta de la casucha. Más he
aquí que de pronto tres ocas sagradas que sin duda tenían la costumbre de
recibir a aquella hora su comida de manos de la vieja, se lanzaron sobre mí
y aturdiéndome con sus horribles graznidos me rodearon llenándome de miedo.
Una desgarró mi túnica, la otra desató y empezó a tirar furiosamente de las
cintas de mi calzado, la tercera asaltante, guía y jefe de las otras dos y
del ataque, llegó hasta a morderme en una pierna con su dentado pico semejante
a una sierra. Entonces y viendo que la cosa se ponía seria, sin andarme con
chiquitas, agarré una de las patas de la mesa, me lancé contra mi
adversario y de un estacazo le tendí muerto a mis pies.
Así de espantadas por la fuerza y habilidad de Hércules huyeron hacia el
cielo los pájaros del Estinfalo (...) El éter tembló dejando oír gemidos
estremecedores que hicieron temblar de terror a la celeste morada".
APULEYO, El asno de oro, 3, 18-19. Fotis, criada de la maga
Pánfila, es también la amante del protagonista, Lucio. Entre ambos se
produce este diálogo. A consecuencia de cierto conjuro, oscuro y escabroso,
unos odres toman vida. Un ebrio Lucio mantiene un combate
"épico".
"Por el propio poder de la imparable ciencia de la magia, y por la fuerza
de los dioses invocados, aquellos pellejos...adquirieron sensibilidad
humana. (...) Fue entonces cuando, sobrado de vino, y con el sobresalto de
la oscuridad de la noche, desenvainaste la espada audaz y, armado en tu
delirio como otro Áyax, llevaste a cabo la hazaña de dejar sin alma tres
odres de cabra (...) Por eso yo te voy a recibir ahora en mis brazos, no
como homicida, sino como odricida".
A esta salida de Fotis le respondí en el mismo tono de sorna:
"Bien se puede decir que he pasado la primera prueba de valor
propuesta en los trabajos de Hércules, si comparamos la muerte de los tres
odres con el triple cuerpo de Gerión o con las tres cabezas del Can
Cerbero".
VIRGILIO, Eneida VI,
296-299; 390-396. Eneas, guiado por la sibila de Cumas, desciende a los
Infiernos. Allí encuentran a Caronte, quien les relata la estancia de
Hércules en el mundo subterráneo.
"La barca del Estige no trasiega
cuerpos vivos, no puede. Harto por cierto
pesóme haber cedido con Alcides
cuando pidió pasaje (...)
...al Cancerbero
aquél encadenó, yendo a sacarle
del mismo solio regio, tembloroso"
VIRGILIO, Eneida, VI,
801-804. En los Infiernos, Eneas conoce el futuro de Roma con la llegada de
Augusto al poder: ésta supondrá el comienza de la expansión del Imperio y
Roma alcanzará el dominio sobre la totalidad del mundo conocido. La
comparación con las aventuras de Heracles es bien significativa.
"Tantas tierras no anduvo el mismo Alcides
ni tras la cierva de los pies de bronce,
ni al sosegar la selva de Erimanto,
ni cuando su arco hizo temblar al Lerna"
SÉNECA, Apocolocyntosis
sive Ludus de morte Claudii Neronis, 5, 2. Al morir, el emperador
Claudio llega ante Júpiter para ser juzgado. Ante el asombro del dios por
el aspecto de Claudio, Hércules es requerido.
"Se le anuncia a Júpiter que ha llegado cierto hombre, de buena
estatura, de cabellos muy canos; con no sé qué aire amenazante, pues no
dejaba de agitar la cabeza, y arrastraba el pie derecho. Le preguntó sobre
su patria; a ello respondió algo - no sé bien - con voz turbada
y confusa. No lograba comprender la lengua de éste, ni si era griego,
romano o de algún otro lugar conocido.
Entonces Júpiter ordenó a Hércules - que había recorrido todo el orbe y
parecía conocer todos los pueblos - que fuera a investigar a qué raza de
hombres pertenecía. Hércules, con sólo verlo, tembló, por más que no
hubiera temido nunca a monstruo alguno. Al ver un rostro de hechura
desconocida, el insólito movimiento, la voz - impropia de
animal terrestre, sino cual suele ser la de bestias marinas, ronca y
embrollada - pensó que se le presentaba el decimotercero de sus
trabajos. Contemplándolo más detenidamente, le pareció algo así como un
hombre"
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