ODISEO Y EL CÍCLOPE POLIFEMO

 





"De un ojo ilustra el orbe de su frente / émulo casi del mayor lucero"
Góngora

 

 

Los Cíclopes eran una raza de rudos gigantes con un solo ojo. Ocupaban un país fértil cuyo suelo daba, espontáneamente, abundantes cosechas y ricos pastos para unas cabras y ovejas de espesos vellones. Ansioso de encontrar a los habitantes de esta tierra, Odiseo dirigió su barco hacia el puerto y desembarcó, dirigiéndose con su tripulación a la gruta del cíclope Polifemo, hijo del dios Posidón y de la ninfa Toosa.
 
Fuentes literarias sobre el mito:

Homero, Od. IX
Virgilio, Eneida III, 825 y ss.
Eurípides, El cíclope.
Luciano, Diálogos marinos, Posidón y Polifemo; Doris y Galatea.
Ovidio, Metamorfosis XII, 4: Polifemo y la ninfa Galatea.



"Yo escogí a mis doce mejores compañeros y me puse en camino. Llevaba un pellejo de cabra con negro, agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto, el sacerdote de Apolo... y también provisiones en un saco de cuero, porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un hombre dotado de gran fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.

Llegamos enseguida a su cueva y no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus gordos rebaños en el pasto. Con que entramos en la cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los canastos se inclinaban bajo el peso de los quesos, y los establos estaban llenos de corderos y cabritillos. Todos estaban cerrados por separado: a un lado los lechales, a otro los medianos y a otro los recentales.

Y todos los recipientes rebosaban de suero -colodras y jarros bien construidos, con los que ordeñaba.

Entonces mis compañeros me rogaron que nos apoderásemos de los quesos y regresáramos, y que sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la rápida nave, diéramos velas sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso -aunque hubiera sido más ventajoso-, para poder ver al monstruo y por si me daba los dones de hospitalidad. Pero su aparición no iba a ser deseable para mis compañeros.

Así que, encendiendo una fogata, hicimos un sacrificio, repartimos los quesos, los comimos y aguardamos sentados dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el rebaño. Traía el Cíclope una pesada carga de leña seca para su comida y la tiró dentro con gran ruido. Nosotros nos arrojamos atemorizados al fondo de la cueva, y él a continuación introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos solía ordeñar... Después levantó una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la habrían levantado del suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan enorme piedra colocó sobre la puerta! Sentóse luego a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras, cada una en su momento, y debajo de cada una colocó un recental. Enseguida puso a cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien entretejidas y la otra mitad la colocó en cubos, para beber cuando comiera y le sirviera de adición al banquete.

Cuando hubo realizado todo su trabajo, prendió fuego, y al vernos nos preguntó:

"Forasteros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la aventura exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras?"

Así habló, y nuestro corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo, al gigante. Pero le contesté con mi palabra y le dije;

"Somos aqueos y hemos venido errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de vientos sobre el gran abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros caminos, aunque nos dirigimos de vuelta a casa. Así quiso Zeus proyectarlo. Nos preciamos de pertenecer al ejército del Atrida Agamenón, cuya fama es la más grande bajo el cielo: ¡tan gran ciudad ha devastado y tantos hombres ha hecho sucumbir .Conque  hemos dado contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si nos ofreces hospitalidad...

La nave me la ha destrozado Posidón, el que conmueve la tierra; la ha lanzado contra los escollos en los confines de vuestro país, y el viento la arrastró del ponto. Por ello he escapado junto con estos de la dolorosa muerte"

Así hablé, y él no me contestó nada con corazón cruel, mas lanzóse y echó mano a mis compañeros. Agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus sesos se esparcieron por el suelo empapando la tierra. Cortó en trozos sus miembros, se los preparó como cena y se los comió, como un león montaraz, sin dejar ni sus entrañas ni sus carnes ni sus huesos...

Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa...[el cíclope] condujo fuera de la cueva sus rebaños retirando con gran facilidad la gran piedra de la entrada. Y la volvió a poner como si colocara la tapa a una aljaba. Y mientras el cíclope encaminaba con gran estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo profundo de mi pecho: ¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera esto que la suplico...!

Y ésta fue la decisión que me pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme clava del cíclope, verde, de olivo; al mirarla la comparábamos con el mástil de una negra nave de veinte bancos de remeros... Me acerqué y corté de ella como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené que la afilaran, Éstos la alisaron y luego me acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse al fuego para endurecerla.

Llegó el cíclope por la tarde conduciendo sus ganados de hermosos vellones... Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le dije:

"¡Aquí, cíclope! Bebe vino después que has comido carne humana, para que veas qué bebida escondía nuestra nave"

Así hablé, y él la tomó, bebió y gozó bebiendo la dulce bebida. Y me pidió por segunda vez:

"Dame más de buen grado y dime ahora ya tu nombre"

Cuando el rojo vino había invadido la mente del cíclope, me dirigí a él con dulces palabras:

"Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te lo voy a decir. Nadie es mi nombre, y  Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros"
Y reclinándose, cayó boca arriba. Entonces, arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara. Mis compañeros tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo, y yo hacía fuerza desde arriba y le daba vueltas... y la sangre corría por la estaca caliente... como cuando un herrero sumerge una gran hacha  en agua fría para templarla y ésta estride grandemente -pues éste es el poder del hierro- así estridía su ojo en torno a la estaca de olivo.

Entonces se extrajo del ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, se puso a llamar a grandes voces a los cíclopes que habitaban en derredor suyo...

"Amigos, Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas"

Y ellos le contestaron y le dijeron aladas palabras:

"Pues si nadie te ataca y estás sólo... es imposible escapar de la enfermedad del gran Zeus"

Así dijeron, y se marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y mi inteligencia irreprochable!.

 

HOMERO, Odisea  IX 193 y ss.