INTRODUCCIÓN

El Renacimiento

Hacia fines del siglo XV, la expansión económica y política de Florencia y otras ciudades italianas da lugar en Italia al florecimiento artístico y cultural que se conoce como el renacimiento. Los orígenes de esta era de esplendor, que a lo largo de cien años ve renacer, efectivamente, el pensamiento, las letras y las artes y sella el final del feudalismo y la religiosidad medieval, se remontan al interés de algunos literatos italianos del siglo previo en la cultura de los antiguos griegos y romanos. Dante, Petrarca y Boccaccio figuran entre los precursores que, bajo el influjo de los textos clásicos, anticipan en el XIV la nueva concepción renacentista del mundo, centrada esencialmente en el hombre y en sus posibilidades creadoras. Sus sucesores, los célebres humanistas, desarrollan a partir de mediados del XV esta concepción en las artes y en las letras, impulsados por mecenas ilustrados y por el contacto con estudiosos bizantinos que traen a Italia las enseñanzas de la tradición griega. En tanto que los modelos latinos predominan en su expresión, el nuevo pensamiento humanista echa raíces efectivamente en la filosofía griega y, en particular, en las enseñanzas de Platón y de las escuelas neoplatónicas. En contraste con el escolasticismo medieval, para el que el hombre es relativamente insignificante, el neoplatonismo renacentista afirma el carácter divino de su alma, asignándole el papel trascendental de vínculo entre lo terreno y lo espiritual, y revaloriza el potencial de la experiencia y las obras humanas como herramientas para conocer y dominar la naturaleza. El nuevo ideal del hombre aparece así como la encarnación de un universo creado a su imagen y semejanza, a cuyos secretos es posible acceder a través de la filosofía, la teología, el arte, la magia y la astrología y el ejercicio de todos los oficios y las ciencias. Comerciantes y pintores, poetas y soldados, pensadores y gobernantes, los individuos del renacimiento procuran hacer realidad en su propia vida este ambicioso ideal, entre cuyos máximos exponentes figuran el filósofo Pico della Mirandola, el arquitecto Leon Battista Alberti, Miguel Ángel Buonaroti y el genial Leonardo da Vinci. En el ámbito propiamente literario, el resurgimiento espléndido de la cultura que presiden estos creadores produce nuevos clásicos de la poesía caballeresca y el poema pastoril y, ya en el siglo XVI, ve reverdecer la lírica bajo el influjo de Petrarca y la épica a manos de Ludovico Ariosto y Torquato Tasso. La herencia de Boccaccio fructifica entre tanto en la prosa laica de Lorenzo Valla y la novedosa ciencia política de Maquiavelo, y alcanza su máxima cumbre narrativa con los influyentes relatos de Matteo Bandello. Gracias a la imprenta, tanto los clásicos griegos y latinos como los nuevos modelos italianos se difunden con una rapidez sin precedentes en otros países, junto con las doctrinas humanistas que abanderará fuera de Italia el gran Erasmo de Rotterdam. El espíritu libre y antidogmático del humanismo y los principios fundamentales de la ciencia y la ética de la cultura occidental forman parte del legado de este siglo brillante que inaugura la historia moderna europea.

El redescubrimiento de la antigüedad

Hacia fines del siglo XV, Florencia y algunas otras ciudades italianas se convierten en escenarios de un florecimiento cultural sin igual en la historia de Occidente. Los orígenes de esta era de esplendor, que sella el fin del medioevo feudal del escolasticismo, se remontan al interés de algunos literatos del siglo anterior en el mundo de los antiguos griegos y romanos. Dante, Petrarca y Boccaccio figuran entre los precursores que, bajo el influjo de los textos clásicos y del espíritu renovador de san Francisco de Asís, anticipan en el XIV una nueva concepción del mundo centrada en el hombre y en sus posibilidades creadoras. A través del XV, sus sucesores, conocidos como humanistas, desarrollan esta concepción en las artes y en las letras, impulsados por mecenas ilustrados y por el contacto con numerosos estudiosos que, a la caída de Constantinopla, llevan a Italia manuscritos y enseñanzas de la tradición griega. Los filósofos Marsilio Ficino, Pico della Mirandola y el retórico Lorenzo Valla se destacan entre los protagonistas de este fenómeno cultural, en tanto que, en las artes, Filippo Brunelleschi y Donatello reviven los principios clásicos de la arquitectura y la escultura. Los ideales humanistas tienen expresión literaria en la prosa latina de Leon Battista Alberti y en la poesía de Angelo Poliziano, y, a semejanza de Florencia, Nápoles y Roma se convierten en centros de estudio y metrópolis artísticas. Aunque se producen pocas obras estrictamente literarias, el siglo XV ve renacer en Italia, a tenor del antropocentrismo humanista, el mundo y la cultura de la antigüedad, y, gracias a la imprenta, los clásicos y las nuevas doctrinas se propagan hacia el resto de Europa. Las obras maestras de Leonardo y Miguel Ángel, no menos que los escritos de Erasmo y el protestantismo de la Reforma, serán fruto de este redescubrimiento de modelos remotos en los albores de la historia moderna.

La nueva dignidad del hombre

En tanto que los modelos latinos dominan su expresión, el pensamiento humanista echa raíces en la filosofía griega y, en particular, en las enseñanzas de Platón y de las escuelas neoplatónicas. Las traducciones del filósofo y de otros autores del período clásico y helenístico emprendidas a partir de 1460 por el florentino Marsilio Ficino desempeñan un papel crucial en el desarrollo de dicho pensamiento. En contraste con el escolasticismo medieval, para el que el hombre es relativamente insignificante, el platonismo renacentista afirma el carácter divino de su alma y le asigna el papel trascendental de vínculo entre lo terreno y lo espiritual. Esta premisa esencial, presente para los humanistas en todas las filosofías y todas las religiones, da paso a una revaloración de las obras humanas como herramientas para conocer y dominar la naturaleza. La poesía y, especialmente, el arte se convierten en este sentido en vías hacia un plano superior de comprensión y de existencia, al que diversos humanistas, incluido Ficino, intentan acceder a través de la magia y la astrología. El humanismo, en ocasiones profundamente anticlerical, fusiona estas prácticas con la filosofía, la teología y la magia en un solo saber trascendente al servicio de un nuevo hombre que ocupa el epicentro del universo. El Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico della Mirandola sintetiza este ambicioso ideal, que impulsaría el entusiasmo creador de artistas, literatos y pensadores en el siglo XV y tendría su expresión póstuma en el misticismo cósmico de Giordano Bruno, muerto en la hoguera por herejía en 1600. El renacimiento, entre tanto, se había extinguido en medio del cisma europeo de la Reforma y de las guerras por la conquista de Italia. El auge de la observación y la experiencia y la postulación de los principios éticos y políticos modernos perdurarían, en las épocas siguientes, como legado de uno de los siglos más brillantes del espíritu humano.

La Reforma y la Contrarreforma

Desde el surgimiento del humanismo se había experimentado una necesidad de cambio dentro de la Iglesia. Pero el estamento eclesiástico se encontraba más ocupado en ejercer el poder temporal que el espiritual. Su patrimonio superaba con creces al de la nobleza, lo mismo que sus privilegios. Sumado a ello, en el año 1476 el papa Sixto IV estableció que el perdón de los pecados podía obtenerse a cambio de la compra de indulgencias, administradas por la Santa Sede. Esta venta de la gracia divina suscitó las más severas críticas dentro y fuera de la institución. La primera reacción se registró en el norte europeo. Allí, en la localidad alemana de Wittenberg, el teólogo y sacerdote alemán Martín Lutero hizo públicas en 1517 sus 95 tesis. En ellas proclamaba la libre interpretación de la Biblia, así como la justificación por la fe. Daba de este modo por sentado que el hombre no se salvaba por sus actos sino por la misericordia divina, y ponía en duda la autoridad del Papa para ejercer la representación de Dios en la tierra. La ruptura con la Iglesia no se hizo esperar. El reformista fue excomulgado inmediatamente. Pero el cisma era un hecho. Dos décadas después de la rebelión de Lutero, el protestantismo había desplazado al catolicismo en Alemania, Suiza, Inglaterra y Escandinavia y amenazaba con hacerlo en España e Italia. La Iglesia, viendo peligrar su unidad y posesiones, restableció en 1542 el tribunal de la Inquisición, creó un año más tarde un índice de libros prohibidos y, finalmente, convocó en 1545 el Concilio de Trento, que supuso la instauración de la Contrarreforma y en el que los jesuitas, una orden flamante, tuvieron especial protagonismo. En este espacio se redefinieron los dogmas criticados por Lutero, por ejemplo reivindicando el culto a la Virgen María, el uso del latín en la liturgia o el papel de la Iglesia como única intérprete de las Sagradas Escrituras.