AQUELLOS ANTIGUOS ROMANOS

REDITUS

Los primeros tiempos de Roma nos han llegado cuajados con leyendas que, aunque algunas puedan tener escaso trasfondo histórico, nos sirven para reconocer los rasgos que los romanos consideraban típicos y originarios suyos. En todo caso, si estas leyendas han sido conocidas durante siglos por las personas de nuestro mundo, pertenecen a nuestra cultura. Vamos a recordar algunas de ellas, siguiendo fundamentalmente la versión que nos da el historiador romano Tito Livio.

Horacios y Curiacios. En tiempos del rey Tulo Hostilio se enfrentaron en guerra Roma y Alba Longa. Para evitar que hubiera un gran derramamiento de sangre entre dos pueblos hermanos, se acudió a una solución especial: había unos trillizos, los Curiacios, en el ejército albano y otros trillizos, los Horacios, en el ejército romano; lucharían ellos solos y los que resulten vencedores darán la victoria a su pueblo.

El combate se va a desarrollar a la vista de ambos ejércitos, que animarían cada uno a sus campeones. Al primer choque de los seis combatientes, mueren dos de los Horacios y quedan heridos los tres Curiacios, que rodean al Horacio ileso. Ante la desesperación de los romanos, éste escapa corriendo. Los albanos animan a los Curiacios para que acaben con él. Al perseguirle, los Curiacios, que están heridos de diversa consideración, se van separando entre sí: el menos herido es el que le sigue más de cerca. Cuando ha logrado separarlos lo suficiente, Horacio se vuelve, lucha con el más próximo y lo vence. Para cuando llega el segundo le resulta más fácil aún. La muerte del tercero no le presentó ninguna dificultad. Así Roma quedó vencedora de Alba.

Cuando Horacio con los despojos de los tres Curiacios vuelve triunfante a Roma, su hermana, que estaba prometida con uno de los Curiacios, reconoce los despojos de su prometido y prorrumpe en lamentaciones. Horacio, irritado, mata a su hermana: "Muera así cualquier romana que llore a un enemigo". Lo horrible del hecho lleva a Horacio ante el tribunal. Va a ser condenado a muerte, cuando se presenta Publio Horacio, su padre, ante el pueblo: "Cuatro hijos tenía - dijo -. Dos murieron por Roma, otra a manos de su hermano. Si al hijo que me queda lo matáis vosotros, ¿qué será de mí? ¿Qué delito he cometido?" Horacio fue absuelto más por las lágrimas de su padre y por la admiración de su valentía que por la justicia de su causa.

Lucrecia. Tras el gran organizador Servio Tulio se adueñó por la violencia del poder real Tarquinio el Soberbio. La prepotencia del rey era compartida también por otros miembros de su familia. Su hijo Sexto Tarquinio va a cometer un delito que colmó la paciencia de los romanos.

Estaba el ejército romano sitiando la ciudad de Árdea. Entre algunos de los mandos surgió la conversación sobre las esposas de cada uno y cuál sería la mejor. Decidieron volver a Roma por sorpresa para comprobarlo. Llegan al oscurecer y encuentra a la mayoría de ellas banqueteando; pero Lucrecia, la mujer de Tarquinio Colatino, estaba trabajando en su casa. Fue considerada la mejor.

Unos días después vuelve a solas Sexto Tarquinio y fuerza a Lucrecia. Ésta manda llamar a su padre y a su marido, les declara lo sucedido y, para limpiar su deshonra, se suicida delante de ellos. Al conocer el suceso cundió la indignación entre el pueblo y rechazan al rey Tarquinio cuando éste vuelve a Roma. Quedó suprimida desde entonces la monarquía entre los romanos y se instauró la república.

Horacio Cocles. Mucio Escévola. Clelia. Porsena (o Pórsena), rey etrusco de Clusio, atacó Roma para reponer, según dicen, a los Tarquinios en el trono de Roma. Los etruscos tomaron por sorpresa el Janículo, al otro lado del río, y estaban a punto de entrar en Roma a través del puente de madera que unía las dos orillas. Ante el terror de sus defensores, Horacio Cocles les conmina a que corten el puente por todos los medios posibles; mientras tanto él lo defenderá saliendo solo a la entrada del puente. Dos romanos más le ayudaron, Espurio Larcio y Tito Herminio. Entre los tres aguantaron el ataque etrusco en la estrechez del puente. Cuando los que lo estaban cortando avisaron que ya estaba a punto, Horacio Cocles obligó a retirarse a sus compañeros. Quedó él solo soportando el acoso enemigo, con el escudo erizado de los venablos que le habían arrojado. Cuando el estruendo del puente que se derrumbaba detuvo un momento el ataque etrusco, Cocles, invocando al padre Tíber, se lanzó al río y, a pesar de la armadura que llevaba y de los venablos que le arrojaban, logró ponerse a salvo nadando.

Porsena continuó asediando Roma y los romanos pasaban grandes apuros. Un joven patricio, Gayo Mucio, se infiltró en el campamento etrusco y se acercó al tribunal del rey. Saca un puñal que llevaba oculto y, como no lo conocía, mató al secretario en vez de al rey. En el revuelo consiguiente fue apresado y llevado ante Porsena. Ante las amenazas del rey y viendo a su lado un brasero encendido para los sacrificios, Mucio mete en él su mano derecha y la deja quemarse: "Así castigo a la mano que se equivocó de objetivo; tenía que haberte matado a ti". Impresionado por este gesto, el rey manda que lo dejen marchar. Entonces Mucio, como si estuviera agradecido al rey, le avisa: "Somos trescientos los jóvenes romanos que nos hemos comprometido a matarte. Yo he fallado, pero otro acertará".

Ante el peligro por su vida, Porsena se apresuró a llegar a unas negociaciones con los romanos y abandonar el asedio de Roma. A Gayo Mucio se le dio desde entonces el sobrenombre de "Escévola" (el Zurdo), por su pérdida de la mano derecha. A lo largo de los tiempos se le conoce como Mucio Escévola.

En el acuerdo que Porsena estableció con los romanos iba incluida la entrega de rehenes. Clelia, una joven que formaba parte de ellos, consiguió burlar a sus guardianes y a la cabeza de las otras jóvenes logró escapar a sus perseguidores y, cruzando a nado el Tíber, volvieron a salvo a sus casas. Irritado y admirado de su valor, Porsena exigió que le devolvieran por lo menos a Clelia; en caso contrario daría por roto el tratado. Cuando Porsena la tuvo ante sí, alabó su valor y, además de concederle la libertad, le ofreció liberar a una parte de los restantes rehenes, los que ella eligiera. Clelia escogió a los más jóvenes, que eran los expuestos a mayores peligros. Restablecida la paz, los romanos erigieron en lo alto de la vía Sacra una estatua ecuestre femenina en honor de Clelia.

Retirada de la plebe al monte Sacro. En los primeros tiempos de la República los plebeyos alistados en el ejército, agobiados por las deudas y sin que los magistrados patricios les ofrecieran solución, abandonaron Roma y se retiraron al Monte Sacro . En Roma la situación se hizo crítica. Se acordó enviar a Menenio Agripa a parlamentar con los insumisos. Al parecer los convenció con una fábula: "Las diversas partes del cuerpo humano, hartas de trabajar en beneficio del estómago, al que entre todas proporcionaban la comida sin que él se molestase en nada, se pusieron en huelga y dejaron de mandarle alimento. Pero vieron que no era solo el estómago el que moría, sino que morían también ellas. Todos eran necesarios". Se llegó a un acuerdo con los plebeyos: los insurrectos volverían a Roma; pero desde entonces tendrían magistrados que los defendiesen, los tribunos de la plebe, elegidos entre los plebeyos y "sacrosancti" (inviolables). El tribunado de la plebe, junto con las asambleas de sólo plebeyos (concilia plebis ) fueron los primeros logros en la lucha por conseguir la igualdad de derechos con los patricios.

Coriolano. El patricio Gneo Marcio recibió el nombre de Coriolano por su valor demostrado en la toma de Coríolos. Con el tiempo su enfrentamiento con la plebe lo llevó al destierro. Se exilió entre los volscos, entre los que fue ganando importancia por su enemistad con los romanos. Cuando se rompieron las hostilidades entre los dos pueblos, Coriolano fue uno de los que dirigieron la guerra contra Roma. Después de conquistar varias ciudades amigas, acampó a cinco millas de Roma y empezó a acosarla. Las delegaciones de paz que le enviaron los romanos fueron rechazadas. Entonces se organizó otra delegación de mujeres, entre las que estaban Veturia, la madre de Coriolano, Volumnia, su mujer, y sus dos hijos pequeños. Cuando se presentaron en el campamento volsco, el sorprendido Marcio Coriolano quiso abrazar a su madre, a su mujer y sus hijos; pero su madre lo detuvo: "Antes se abrazarme dime si eres mi hijo o un enemigo. ¿Has sido capaz de saquear la tierra que te vio nacer? Si yo no te hubiera tenido, Roma no estaría sitiada ahora. ¿Es que no piensas en tus hijos?" Al final Coriolano se doblegó, levantó el campamento y abandonó su ataque a Roma.

Cincinato. Estando Roma en peligro en su lucha con los ecuos, se decide nombrar un dictador que resuelva la situación. Estaba Lucio Quicio Cincinato trabajando en un campo de cuatro yugadas (una hectárea) que tenía, cuando llegó una delegación del senado : "Vístete con la toga, que tenemos que decirte algo". Manda a su mujer que traiga de la choza la toga y, después de secarse el polvo y el sudor, se la pone. Los delegados le saludan como "dictador". Acude a Roma y toma medidas eficientes y enérgicas. Vence a los ecuos, entra triunfante en Roma, celebra los comicios y - según nos dice Tito Livio -: "al cabo de dieciséis días dejó la dictadura, aunque la había recibido para seis meses".

Los decenviros y su caída. En los primeros tiempos de la República, para evitar los enfrentamientos y las irregularidades en la interpretación de las leyes, se decidió que hubiera leyes escritas. Una comisión viajó a Grecia para conocer las leyes de Atenas y otras ciudades. A su vuelta se suspendieron en Roma todas las magistraturas (cónsules, tribunos, etc.) y se nombró a diez personas, los decenviros, para que redactaran las leyes y gobernaran mientras lo hacían. En un año, el 451 a.C., los decenviros redactaron "diez tablas" de leyes, que fueron aprobadas. Pero faltaban aún algunas normas y se nombraron decenviros para el año siguiente. Se redactaron dos tablas más: así se completó la famosa "Ley de las XII Tablas", primera y fundamental ley escrita del pueblo romano.

Pero los "decenviros" le cogieron gusto al poder: parecía que querían mantenerse en él de forma indefinida y surgió un gran malestar. Ante el ataque de otros pueblos hubo que reclutar tropas que, faltas de moral, fueron derrotadas. El abuso de poder de los decenviros tanto en la campaña militar como en la ciudad contribuyó a su caída. En el ejército hacen matar a traición a un adversario político, Lucio Sicio. En Roma, Apio Claudio, uno de los decenviros se encaprichó de una joven plebeya, Virginia. Aprovechándose de que el padre de la chica, Lucio Virginio, estaba ausente (militaba como centurión en el ejército en campaña) intentó hacerse con ella por medio de un cómplice que la reclamaría como su esclava. El tumulto que se provocó ante el intento de ese sujeto para apoderarse de la joven, hizo que se acudiera ante el tribunal del propio Apio Claudio. Éste, como estaba previsto, quiso declararla esclava del demandante. La oposición de los ciudadanos, familiares y conocidos especialmente, y sobre todo de Icilio, el novio de la joven, logró que se aplazara la decisión hasta el día siguiente, para dar oportunidad a que el padre pudiera defender sus derechos. Avisado a toda prisa acudió al día siguiente Lucio Virginio ante el tribunal de Apio Claudio, que, sin dejar hablar al padre, declara a la chica esclava de su propio cómplice. Entonces el padre, viendo que no iba a poder librar a su hija de la deshonra, cogió el cuchillo de un carnicero y se lo clavó a la joven: "Hija, te doy la libertad de la única manera que puedo" y a Apio: "Que esta sangre caiga sobre tu cabeza".

En la conmoción que siguió a hecho tan horrendo, Publio Virginio logró escapar hasta donde estaban las tropas. Sus compañeros, al conocer los hechos, inician una marcha hacia Roma. En la propia ciudad se provocan altercados. La plebe se retira, como antaño, al Monte Sacro. Los decenviros no logran imponer su autoridad y se ven forzados a convocar el senado. El senado delibera. Se negocia con los plebeyos: se acuerda una amnistía general y el restablecimiento del tribunado de la plebe y del derecho de apelación. Los decenviros por fin dimiten. La plebe se reintegra a Roma y se nombran cónsules y tribunos. Apio Claudio acabará suicidándose antes de verse obligado a declarar en un juicio contra él.

 

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