DE TROYA A ROMA (La misión de Eneas)

 

En la noche en que Troya fue destruida por los griegos Eneas logra escapar y, al frente de un grupo de troyanos, va a afrontar la odisea de buscar un nuevo lugar en que asentarse y hacer renacer una nueva ciudad. Ese es su destino. Así se lo ha anunciado en una visión su esposa Creusa, muerta esa misma noche. Eneas va a enfrentarse a él llevando a su padre Anquises a cuestas y de la mano a su pequeño hijo, Ascanio.

Los fugitivos troyanos embarcan en busca de un incierto destino, Hesperia. Creen encontrarlo en Tracia: no es allí. Luego en Creta: tampoco es en Creta donde ha de surgir la nueva Troya. Se internan en el mar Jónico y tras varias peripecias se les anuncia que su destino, la Ausonia y el Lacio, está en Italia; pero no en la costa próxima, sino en la opuesta: han de rodear por ello la isla de Sicilia. En ella, en el puerto de Drépano, muere Anquises.

Parten los troyanos de Sicilia en lo que esperan sea la última etapa de su viaje; pero - y así comienza el relato de la "Eneida" - la diosa Juno, enemiga de Troya, no se resigna a que renazca la odiada ciudad y logra que Eolo suelte a los vientos y éstos desbaratan las naves troyanas. El dios Neptuno calma la tempestad, pero los supervivientes troyanos han sido arrojados a unas costas desconocidas.

Eneas emprende la búsqueda de posibles compañeros supervivientes y ve a una joven cazadora - en realidad es la diosa Venus, madre de Eneas - que le informa que se encuentran en el país de los libios, en el norte de África, y que allí cerca la reina Dido, fugitiva de Tiro (en Fenicia), está fundando una nueva ciudad, Cartago, y que en ella encontrará a gran parte de sus compañeros.

Eneas, invisible por una nube con que lo oculta Venus, entra en Cartago. Presencia la buena acogida prestada a sus compañeros náufragos por la reina Dido. Se hace visible ante ella y ésta los invita a un banquete en su palacio. Al final del mismo y a ruegos de la reina, Eneas recuerda los últimos momentos de Troya y las peripecias de los supervivientes troyanos hasta el momento presente.

Venus actúa para que Dido se enamore de Eneas. La propia diosa Juno llega a proponer un matrimonio entre los dos. Pero Júpiter envía a su mensajero, el dios Mercurio, a que le recuerde a Eneas su misión y que su destino está lejos de Cartago. Eneas vence sus propios sentimientos y, obediente, prepara su marcha. Dido sospecha la traición de su amante y se lo echa en cara.

Cuando los barcos troyanos se alejan de la costa africana, Dido, que había mandado preparar una pira para un sacrificio, se suicida sobre ella increpando a su ingrato amante. Eneas vuelve a recalar en Sicilia, donde celebra unos juegos fúnebres en honor de su padre Anquises, muerto el año anterior. Al fin parte para Italia.

Llega primero a Cumas, donde visita a la Sibila. Con ella desciende a los infiernos. Allí se entrevista con la sombra de su padre Anquises, que le muestra los espíritus de los futuros vivientes que harán grande a Roma, la nueva Troya que surgirá de su estirpe. Eneas sale del mundo de los muertos por la puerta del sueño, enteramente dispuesto a llevar a cabo su misión.

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Por fin llegan los troyanos a la desembocadura del Tíber. Latino, rey de los latinos, acoge favorablemente a los forasteros, pues un presagio había anunciado que casaría a su hija Lavinia con un extranjero y que su descendencia sería grandiosa.

Pero frente a los troyanos se confabulan todas las fuerzas hostiles, desde la diosa Juno hasta Turno, rey de los rútulos y pretendiente a la mano de Lavinia. La propia Amata, madre de Lavinia, se opone a su enlace con Eneas. Toda la región se arma contra los troyanos, incluidos los propios latinos.

El padre Tíber, dios del río, aconseja en sueños a Eneas que, remontando su corriente, pida ayuda al arcadio Evandro, enemigo de los latinos y que se encuentra en el lugar donde más adelante surgirá Roma. Marcha Eneas a pedir ayuda, dando orden a los troyanos de que en su ausencia no abandonen el campamento para luchar en campo abierto. Cuando llega ante Evandro, éste lo acoge favorablemente, le da por compañero a su joven hijo Palante y le aconseja pedir ayuda también a los etruscos.

Mientras tanto Turno ataca el campamento troyano, que a duras penas logra mantenerse. Ante la gravedad de la situación, Niso y Euríalo intentan llegar hasta Eneas, pero son muertos. Los rútulos siguen acosando a los troyanos, cuando por fin llega Eneas con los refuerzos arcadios, etruscos y ligures. La lucha se recrudece y caen muchos combatientes por ambas partes. Turno mata a Palante y lo despoja. Eneas no consigue vengarlo y ha de enviar a Evandro el cadáver de su hijo. Se da una tregua para recoger los cadáveres.

Los latinos se muestran partidarios de hacer la paz con Eneas. Se renueva la lucha. La muerte de Camila, reina de los volscos, decanta la victoria del lado troyano. La lucha final se va a dar ante la ciudad latina. Turno y Eneas acabarán por encontrarse frente a frente. Júpiter pide a Juno que no se resista más, que latinos y troyanos se unirán y serán el origen de un gran pueblo. Turno cae derribado. Cuando Eneas está dudando si rematarle o no, divisa el cinturón y tahalí de Palante que Turno lleva puestos y esto lo decide a rematarlo.

Así termina la "Eneida", el poema épico en que Virgilio nos canta a Eneas y su destino. El héroe se casaría después con Lavinia, la hija del rey Latino y fundaría una ciudad, Lavinio, a la que da el nombre de su esposa.

Ascanio (o Julo), hijo de Eneas y de Creusa (o quizá de Lavinia), acabaría fundando una nueva ciudad, Alba Longa. De la descendencia de los reyes de Alba Longa nacerían Rómulo y Remo, los fundadores de Roma.

 

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REDITUS