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MIKRA

(Historias de una adolescente)

9.- (...continúa)

"Autobús con destino Madrid ubicado en la dársena número cinco efectuará su salida en cinco minutos", eso fue lo primero que pudimos oír nada más poner el pie en la estación.

—¡Ey, tía! —grité.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —Guy me contestó desubicada.

—Tía, los billetes, joder, no los hemos pillado aún —puffff, ni acordarme de los billetes en los días anteriores, quizás ha sido todo muy precipitado y sea verdad eso de que las prisas matan.

—Bueno.... tranquila, aún hay tiempo nena —Guy intentó tranquilizarme aunque ella también ahora padecía en la incertidumbre y las prisas.

—Ya, si tiempo hay, lo que no habrá serán billetes...

Nos miramos las dos y como si de algo telepático se tratase nos abalanzamos sobre la taquilla de los Alsa.

—Por favor, billetes para Madrid?

—Para qué día?

—Para hoy a las 9:45, el que sale dentro de cinco minutos.

—Pufff —el taquillero nos miró y comprobó en el ordenador. Todo muy mecánico. Así, como suele funcionar el mundo. Todo actos mecánicos—. Imposible, va completo. Pero si tenéis mucha prisa, hay uno que sale desde Salamanca dentro de tres horas.

Ja, qué risa. Yo ya no paré de hablar en aquel mismo instante. Traté de inventarme excusas y argumentos para que el taquillero impasible nos hiciera a modo de milagro un par de huecos en aquel autobús, "el de las 9:45". Tenía que ser ése, no otro, ni el siguiente ni el maldito bus que "...sale desde Salamanca dentro de tres horas" con tanto retintín. El trabajador observaba sin mudar el gesto mientras negaba con la cabeza.

Guy me debió encontrar también un poco acelerada y me colocó la mano en el hombro para indicarme que lo diera por imposible. Lo perdíamos.... y eso es algo que no podía consentir. "El de las 9:45", ése.

—Tía déjalo. Cogeremos el siguiente.

—No, joder. Tiene que ser ése.

—Déjalo tía, en serio, qué más da esperar unas cuantas horas más —unas cuantas horas más eran ni más ni menos que 7 horas, y para entonces demasiadas personas andarían pisándome el culo—. Vamos a sentarnos.

 

(continuará) .- MIKRA

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HOTEL REÚMA

7.- (...continúa)

¿De qué podía haber muerto el tal Aníbal?, me pregunté en silencio.

—Se pasaba el día entero nadando y sumergiéndose en la piscina —contestó la ancianita como si me hubiera leído el pensamiento. Desde luego si toda la velada iba a ser igual, una cosa telepática, sin que ella me diera oportunidad para abrir la boca, tardaría yo poco en dormirme. –En parte algunos clientes tenían razón cuando nos recomendaban podar algunos pinos para que el sol llegara a las aguas de la piscina. Pero es que a Aníbal le fascinaba tanto el hervidero de luces y sombras sobre las teselas del fondo de la piscina... Demasiadas horas a remojo, mira que se lo advertí. Un día apareció todo pálido y tiritando. Sin decir palabra se descalzó los zapatos -dijo mirando al zócalo- los dejó en esa esquina y se fue directo a la cama. Se tapó hasta la cabeza y al poco se quedó quieto como un muñeco. Ay, hijo, las cosas en el mundo un día se quedan quietas para siempre y ya está.

Guardó silencio unos instantes durante los que el viento jugó con los visillos de las ventanas. Por no dormirme retomé la charla hablando de Leopardi, y continuamos con Dickens, Flaubert, Kafka, Unamuno...

-Ah, y Truman Capote, amo a Capote, especialmente uno de sus relatos, en el que, en mitad de la noche, un individuo extraviado —me comentó la ancianita sonriendo irónica y cómplice, al tiempo que me guiñaba un ojo— se encuentra con una señora mayor en una casa apartada del resto del mundo.

Nos entusiasmamos al sacar a colación alternativamente, los cuentos que más nos fascinaban de las Mil y Una Noches. Sencillamente delicioso. Wenceslao no podía imaginarse que su ruindad me llevara a conocer a una criatura tan deliciosa. Mientras ella hacía de Scherezade, me invitó a saborear un exquisito tabaco en una pipa, fascinante al tacto, que había pertenecido al señor Aníbal. Hacía diez años que su dueño había muerto... ¿cómo, entonces, mantenía aquel delicioso tabaco su aroma? Rodeado de anillos azulados que ascendían lentamente hasta el techo, intenté recordar el tiempo que hacía que no mantenía con nadie una conversación tan nutritiva y cordial. Contra todo pronóstico en una persona de su avanzada edad, ella desplegaba un pensamiento, tan alegre, coral y sugestivo... tan abierto y vivo. Me sorprendió gratamente, mostrando en sus comentarios una inteligencia de formación clásica, de la que, a la vez, se desprendía cierto aire selvático, inocente, casi infantil. Hablamos fluidamente horas enteras y de todo un poco: deportes (a mi Aníbal lo conocí practicando piragüismo y natación), pensiones (no me da para mucho, aunque sí para coleccionar poquito a poquito, la biblioteca de Babel), religión (católica, claro, a ver qué remedio; sólo que ya he olvidado el aspecto de las iglesias; llevo años limitándome a levantarme al amanecer, sentarme de rodillas frente a la pared, y no hacer nada). ¿Me entiende, no? -preguntó enarcando el gesto de un monje budista que sonriera como un monaguillo de barrio—. Los hábitos de Aníbal que no me abandonan. ¡Qué delicioso releer, sentada al sol, los cuentecitos de Benedetti que mi marido dejó en su biblioteca...

Charlamos, oh sí, amparados por el fuego charlamos hasta que los ojos, rarísimo en mí, se me fueron cerrando sin remedio. Hasta que la pipa se apagó definitivamente y los troncos en el hogar ronroneaban como gatos de fuego convertidos en brasas. Al percibir mi cansancio, desvió la conversación de inmediato.

-Discúlpeme, joven. Creo que nos ha llegado la hora de deslizarnos hacia el mundo de los sueños, no sin antes envolvernos en sábanas bien calentitas. De modo que acompáñeme —dijo levantándose y yo la acompañé de buen grado. La seguí a lo largo de los pasillos lóbregos, convencido (y acertaba) de que me conducía la habitación que llamaba de los invitados. Nada extraordinario, justo encima de su dormitorio en la planta de abajo.

-Si necesita algo durante la noche, zapatee el suelo y yo subiré enseguida.

-Nada de eso, señora, qué disparate.

Como algo absolutamente natural me ayudó a quitarme el batín y arrebujarme entre las limpísimas sábanas. Por último me arropó como sólo una persona en toda mi vida lo ha hecho. Me contempló dulcemente mientras sonreía. Luego dio las buenas noches y se retiró. Fuera, continuaba diluviando, pero dentro de las sábanas, mis pies descalzos, se enroscaban calentitos el uno en el otro como gazapos. Aquello era lo único importante en el mundo. Y a Wenceslao que le zurcieran. Antes de descender a lo largo del tobogán del sueño, repasé sin poner voluntad en ello, las peripecias del día: me vi tomando el polvoriento autobús -ya entonces debí sospechar algo-, la tarde cayendo sobre la cuneta y los pueblos donde las farolas comenzaban a encenderse. Luego aquel tramo de carretera y el partido de fútbol en la radio del conductor. El estómago levantisco y el vómito inminente cuando apareció el desvío hacia aquella comunidad, la cual sólo existía tal vez en las fábulas más olvidadas y en las peores pesadillas. Y el asunto de los perros que, aún bajo la lluvia, seguían ladrando a lo lejos con un eco de bestias del infierno. Y yo empapado, sin la copia del original y en mitad de la oscuridad más profunda, entre pinos y matojos. Y entonces la luz en la oscuridad, el fanal prodigioso del hotelito. Luego lo más agradable de la peripecia (la chimenea, la ropa seca, las infusiones y la charla con la ancianita), difuminándose entre la imaginación y el sueño; todo, como extraído de un cuento de hadas, especialmente mis pies calientes, dos animaluchos inocentes, entre las sábanas. Por fin las aguas del sueño cubrieron mi rostro y su espuma imprevisible fue deshilando todo en mi conciencia. Cuando volví a abrir los ojos, un sol radiante atravesaba los visillos de la ventana. Como si hubiera intuido que acababa de aterrizar, ella apareció poco después, con una bandejita plateada sobre la que aparecía un surtido de tostadas y mermelada, mantequilla, huevos, zumo de naranja y café muy aromático.

(continuará)

EVA Mª FERNÁNDEZ

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