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¡Qué extraña pareja hacen! Y qué soledad habitará en aquel castillo cuando se vayan de luna de miel. Ya lo tienen decidido: a Canarias. ¿Dónde si no? Son unos enamorados típicos, de novelón, incluso porque sus respectivos padres se oponen al enlace... ¿Dónde vamos a llegar? ¡Este amor es un error!…, repiten sin cesar sus progenitores. No ven los corazones evaporándose de pasión, ni la curvada lengua de caballito de mar, ni la cara de lelos subidos a la nube y párpados soñadores que tienen ambos. No ven que hay leyes cuyo articulado escapa a toda lógica, son así y de nada sirve darle vueltas. Sólo el caballero-príncipe ha llegado a saberlo. Ahí lo tenemos: con un perfecto mentón incrédulo y resignado mientras las manos de los enamorados se entrelazan. De nada le serviría la variada ferretería que lleva colgada al cinto. El castillo, por su parte, observa todo desde lo alto. Un Kafka riente parece habitarlo.

—Oh, me gustan tanto estas historias de amores imposibles… —desliza soñadoramente sus palabras el exacerbado poeta romántico.

—Pues a mí lo que me atrae es ese altivo castillo… —dice el conde Potocka con chispas en los ojos.

 

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