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I.E.S. José Mª Pereda. Santander |
LECTURA DE LA SEMANA
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7-08 |
Graciela E. Prepelitchi - Historia de un hombre extraño y feliz |
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Hace mucho, pero mucho tiempo, un rey cayó muy enfermo. Cuando ya se encontraba en agonía, llegó desde tierras muy lejanas un médico, con la esperanza de encontrar un remedio que terminara con la enfermedad del monarca. Luego de prolongadas revisiones y estudios, recomendó que se lo cubriera con la camisa de un hombre feliz. Esa simple receta sería lo único que le salvaría la vida. Los heraldos y cortesanos comenzaron entonces una afiebrada búsqueda de la valiosa prenda ofreciendo a cambio una cuantiosa recompensa. Desde luego, se presentaron muchos candidatos, pero a todos, sin excepción, les faltaba algo para disfrutar la felicidad plena. Quien tenía salud, se quejaba de su pobreza. Al que poseía una gran fortuna, le faltaba salud. Uno se lamentaba por la falta de un brazo; otro carecía de apetito y así, uno tras otro, todos iban quedando descalificados. Un día llegó la noticia de que en una aldea, en los confines del reino, vivía un hombre muy feliz, o que, al menos, aparentaba serlo. Al acercarse a su cabaña, los cortesanos escucharon cómo silbaba y canturreaba. Él los recibió en su hogar, de características muy austeras., pero, sin esperar más, iniciaron el interrogatorio: - ¿Se considera una persona feliz? - Por supuesto, contestó. - ¿Tiene suficiente dinero para vivir? - Lo necesario para estar bien. - Pero se ve pobreza en su hogar, replicaron los cortesanos. - No necesito más. Pobre no es quien posee poco sino quien anhela mucho. - ¿Y en cuanto a salud? Sonriendo, aquel hombre contestó: - Para mí la enfermedad es una aliada que me avisa que debo cuidarme; sé que lo inevitable sucederá: la vejez, la enfermedad y la muerte, y como son algo natural no me da miedo enfrentarlos. - ¿Está satisfecho con su familia? - Amo a mi esposa y a mis hijos y los acepto como son. Además, los he educado para ser libres, no para tenerlos prisioneros con deseos egoístas de que cambien para darme gusto. Convencidos, los enviados del rey le pidieron su camisa y, para asombro de todos, les contestó: "Lamento decirles que yo no poseo camisa alguna", y despidiéndose cortésmente, reanudó su trabajo cantando. ***
Graciela E. Prepelitchi |
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