Mayo de
1990. El palacio de Linares, en la esquina de Cibeles con la calle de Alcalá,
está en obras. El Ayuntamiento de Madrid, después de muchas aventuras y
desventuras negociadoras, ha conseguido hacerse con la propiedad del histórico
y legendario palacio. El último propietario fue Emiliano Revilla, el empresario
que durante varios meses estuvo secuestrado por ETA y que al regreso del
secuestro conviene con las autoridades madrileñas en permutar el edificio por
unos terrenos valorados en más de 3.000 millones de pesetas en los aledaños de
la M-30.
El
palacio ya tiene un destino: la Casa de América, y un cuantioso presupuesto
para llevar a cabo la restauración integral del edificio, seriamente dañado
por muchos años de abandono, de tedio, de utilizarse esporádicamente para el
rodaje de interiores en películas tan populares como Patrimonio Nacional.
Las obras que se realizan en el interior del
palacio pasan prácticamente desapercibidas para los miles de transeúntes que a
diario bordean la manzana del edificio. Pero algo está pasando en el interior
del palacio, cosas extrañas, fenómenos paranormales, puertas que se abren y se
cierran, ruidos, pisadas, voces de ultratumba. Los obreros confiesan haber oído
gritos y los guardajurados que custodian el inmueble por la noche se han visto
sobresaltados en más de una ocasión por alaridos desgarradores, hasta el punto
de que los perros celadores de las obras se han estremecido y huido.
La leyenda del palacio de Linares, de sus fantasmas, vuelve al primer
plano de la actualidad madrileña y se refuerza cuando aparece en escena una
supuesta doctora experta en estudios de parapsicología, Carmen Sánchez Castro,
que dice haber realizado investigaciones desde el mes de febrero a mayo en el
interior del edificio. Esta mujer
afirma que llegó al palacio para realizar una investigación exclusivamente
científica y se vio sorprendida
por ruidos extraños «El primer día
que llegué con un grupo de arquitectos e historiadores escuchamos unos acordes
de órgano que nos pusieron la carne de gallina. Quien tocaba ese órgano debía
ser un virtuoso por la maravilla con que arrancaba las notas; las paredes
comenzaron a moverse y todo temblaba. Fue entonces cuando pregunté a las
personas que allí trabajaban, y sobre todo a los vigilantes-jurado, si habían
notado alguna cosa extraña”.
Carmen
Sánchez se encontró entonces con testimonios sobrecogedores Los vigilantes le
confesaron que muchas noches habían pasado auténtico miedo. “Hasta el punto
de que pedimos a nuestra empresa que nos trajeran perros para acompañarnos.
Cuando hacíamos las rondas veíamos sombras, puertas que se cerraban y
se abrían, pisadas profundas» También
contaron que antes de que trascendieran todos estos hechos sobrenaturales, un
fotógrafo sufrió un accidente. Estaba el buen hombre tomando vistas del
edificio cuando le cayó encima un cordón de seda rojo y oro y le dejó
atrapado.
Carmen
Sánchez realizó durante algunos días varias experiencias de psicofonía en el
interior del palacio. Se pasó muchas noches a solas con el silencio de una
grabadora, intentando captar el sonido de esas voces y de esas pisadas que podían
corresponder a los atormentados moradores que en tiempos tuvo el edificio, a los
fantasmas que podían haber salido de la "casita de muñecas" del
edificio para ahuyentar a los perturbadores obreros
que iba a convertir la soledad y la calma palaciega en una actividad frenética
con la Casa de América.
El fenómeno despertó un
gran impacto popular cuando a través de las distintas emisoras de radio se
emitieron los sonidos supuestamente grabados por la doctora Sánchez Castro, las
voces tenebrosas del más allá que constituían un aliento para resucitar el
misterio, para devolver a Madrid el esplendor de su leyenda más popular.
Se
escuchan voces lejanas, desgarradoras en ocasiones.
-
Yo tuve una hija.. Yo tuve una hija.
Es
la voz entrecortada de un hombre. Una voz cansina, dolorida, mezclada con ruidos
que la apagan y hacen que se agudice el oído para poder descifrar los sonidos.
En otra
psicofonía se oye la voz de una mujer, una voz débil, muy apagada, llena de
angustia, entrecortada, que llama desesperadamente a Raimunda:
-
Raimunda... Mi hija Raimunda... Nunca oí decir “mamá”.
La
voz se ahoga en un pozo de amargura, en un desconsuelo, y se pierde en sonidos
de ultratumba. Es en cualquier caso una voz mucho más nítida, más audible que
la anterior.
A
la voz, a la llamada desgarradora, parece contestar el fantasma de la niña, el
fantasma de Raimunda. Es una voz
infantil, desesperada, llorosa, prolongada:
-
¡Mamá... mamá, yo no tengo mamá!
La
frase termina en un balbuceo ahogado por un llanto a punto de estallar, en una
llamada desesperada.
Se escucha una nueva voz,
una voz adulta:
¡Fuera!.
¡Fuera! No, no, aquí no...
Los
expertos consideran que esta última voz corresponde a la respuesta a la niña,
a la respuesta a la pequeña Raimunda, como si alguien tratara de evitar su
clamor, de ahuyentarla, de obligarla a callarse.
Con
estas voces, presuntas voces de presuntos fantasmas, los expertos en
parapsicología y psicofonía echan mano de los historiadores y de las leyendas
del palacio de Linares y se acuestan en sombríos dormitorios habitados por
almas en pena, por fantasmas que hostigan a los protagonistas y moradores del
edificio. Con los testimonios sonoros se arma la historia y parte de la leyenda.
José
de Murga fue el primer marqués de Linares. Parece que se trataba de un hombre
emprendedor y, sobre todo, de un avezado y avanzado especulador, empeñado en
buscar, tasar y adquirir solares por aquel entonces mal valorados y hacerlos
rentables en pocos años, cuando su intuición le decía que el desarrollo urbanístico
de Madrid iba a ser tan expansivo que reportaría pingües beneficios.
Entre
los muchos solares que por aquel Madrid de finales de siglo encontró, trató y
adquirió don José de Murga se encontraba uno de 3.064 metros de superficie
situado muy cerca del Salón del Prado, frente a la estatua de la Cibeles y
orientado principalmente a la calle de Alcalá y al paseo de Recoletos, muy
cerca de donde los agustinos recoletos tenían hacienda y lugar para elaborar un
vino encomiado y consumido por los paladares más exquisitos.
Corre
el año 1872, año importante para Madrid en el que se coloca la primera pieza
de hierro del viaducto de la calle de Bailén; se descubren los dos leones de
hierro fundido del Congreso de los Diputados y la Villa y Corte conoce a dos
alcaldes en el corto espacio de pocos meses: Carlos María Ponte y Simeón Ávalos.
Ese mismo año se produce en
la calle del Arenal el atentado contra el rey Amadeo I y su esposa, María
Victoria, y el templo de Santo Tomás es destruido por un incendio. En ese año
de 1872 se firma la escritura de compra-venta del solar donde después se
construiría el palacio de Linares que se inauguraría con el final del siglo,
en 1900.
La
leyenda del palacio de Linares comienza con el propio marqués José de Murga
tenía sesenta y siete años cuando se inauguró el palacio, pero tras de sí
soportaba una historia triste, doliente, una historia borrascosa que se inicia
cuando se enamora de Raimunda Osorio, preciosa criatura hija de una cigarrera de
la Fábrica de Tabacos de la calle de Embajadores. El joven José había
heredado de su padre, Mateo de Murga, el consejo de que en cuestiones de amor y
compromisos matrimoniales el único que impone las condiciones es el corazón y
no la mente, no las conveniencias ni los razonamientos sociales. Don Mateo había
conseguido hacer una notable fortuna en Cuba y su hacienda estaba tan saneada
que el futuro de su hijo José quedaba garantizado de por vida.
Don
Mateo de Murga, que presumía de talante liberal y de ser un adelantado de su
tiempo en cuestiones que sacaban de quicio a la burguesía de la época, nunca
tuvo reparos a la hora de tener amoríos, romances y correrías con mujeres
bellas por muy baja que fuera su cuna y muy modesta su profesión.
El
joven José, como queda dicho, se prendó de amores por esa chiquilla, hija de
una cigarrera de armas tomar, como solían ser las cigarreras de aquel Madrid de
sainete. No puso reparos su liberal padre hasta conocer a la jovencita y
reconocer que era su hija natural, el fruto de una relación sentimental que
mantuvo, allá por 1830, con la cigarrera.
Don
Mateo, como queda dicho, presumía de liberal, pero no de adúltero ni de donjuán,
y tuvo que darle muchas vueltas a la cabeza para que sin descubrir sus escarceos
y la paternidad fuera del matrimonio, impedir que su hijo se casara con esa
muchachita que era su propia hermana de sangre.
Y lo consiguió temporalmente enviando al joven José a estudiar a
Londres, con el ánimo de que el tiempo y la distancia fueran aliados
suficientes para borrar del recuerdo y ahuyentar del corazón el amor por la
bella Raimunda.
Mas
tan prendado estaba José que al regreso de Londres se reencontró con Raimunda
y ambos sellaron el compromiso de matrimonio. Nadie podía impedírselo, sobre
todo porque don Mateo había muerto, llevándose
a la
tumba el secreto de su paternidad y de la hermandad de Raimunda y José.
A
partir del instante en que la pareja contrae matrimonio, los historiadores no se
ponen de acuerdo sobre si ambos sabían que eran hermanos y a pesar de ello
pusieron su amor por encima del parentesco y de la consanguinidad o por el
contrario se enteraron después de haber consumado el matrimonio. Otros afirman
que José de Murga llegó a saber que su mujer era su hermana muchos años después
de haber contraído matrimonio cuando se decidió a abrir el sobre que contenía
una carta que le había dejado su padre.
La
historia deja paso a la leyenda a partir de ese momento porque los historiadores
parecen haber echado más imaginación que rigor a los acontecimientos que
sucedieron y por lo tanto no se puede hablar de erudición absoluta sin caer en
la frivolidad también más absoluta.
Para
unos, el marqués de Linares, que además le había sido concedido el título de
primer vizconde de Llanteno y era senador del Reino por la provincia de Segovia,
se suicidó al enterarse de tan trágica noticia, cosa que debió ocurrir tardíamente
porque lo que sí está comprobado es que ambos esposos fallecieron treinta años
después de contraer matrimonio y tras declarar en su testamento no tener hijos.
Otra
versión asegura que los cónyuges conocieron la noticia de su hermandad de
sangre después de haber tenido un hijo. Entonces pidieron una bula de "casticonnubi''
al papa León Xlll, para permitirles vivir bajo el
mismo
techo en castidad, cosa que no tiene mucha cobertura de rigor si ya habían sido
padres de una criatura.
La
tercera versión que se conoce es mucho más cruenta. Se dice que el fruto del
matrimonio entre José y Raimunda fue una niña y no un niño. La pequeña,
nacida de los dos hermanos, pudo ser ahogada al nacer y su cuerpo emparedado en
uno de los muros de la "casa de muñecas" que se encuentra adosada al
edificio en el patio del palacio" que pudo ser construida con primor y
fantasía para la descendencia de la pareja y que después de la tragedia se
convirtió en lugar solitario y tumba del único fruto de matrimonio. La leyenda
se complica más cuando alguien asegura que si bien el marqués vivió el resto
de su vida sumido en el amargor, la tristeza y la desesperación, ello no fue óbice
para que tuviera más de un devaneo con las doncellas que servían en el
palacio, y fruto de alguno de esos devaneos fue el nacimiento de la niña a la
que pusieron por nombre Raimunda y que familiarmente acabaron llamando
“Raimundita" a la que el marqués trataba como ahijada y a la que terminó
nombrando heredera universal de sus bienes.
Que
Raimundita existió lo demuestra la historia que a partir de ese momento se
vuelve más rigurosa y deja claro que la heredera universal del marqués de
Linares se casó con Felipe Padierna, conde de Villapadierna, y del matrimonio
nacieron María, condesa heredera, y José María. Dispar historia la de los dos
hermanos. Ella, María, fue asesinada por las milicias cuando todavía era una
adolescente en las escalinatas del propio palacio; él, José María, se
caracterizó por su gran afición al juego y al derroche, por su amistad entrañable
con el Aga Khan y un romance muy comentado con la actriz Rita Hayworth.
En
el palacio de Linares no podían faltar los fantasmas y algún día tenían que
salir a la superficie. No podían faltar porque aUn hay más leyendas que ponen
su granito de pimienta a la historia. La que actualmente se dice heredera de los
marqueses de Linares, María García del Soto, contaba, a raíz de la salida a
la escena pública de los fantasmas
del palacio, que sus antepasados soportaron la noticia de ser hermanos, pero no
que de su matrimonio naciera un hijo negro. Esto hizo que se separaran. El marqués
se hizo cura y ella, Raimunda, se metió a monja. Pero la heredera, María García,
va aún más lejos en su relato: «La encargada de deshacer el matrimonio de los
marqueses de Linares fue la propia reina Isabel II, que estaba prendida de amor
por el marqués y al que llevó a palacio como confesor. Raimunda se llamó en
su ministerio como monja María Mikaela del Santísimo Sacramento y al enterarse
de que la causa de su separación había sido el amor que la reina sentía por
su esposo, decidió irse a Valencia para ayudar a combatir la epidemia de cólera
que asolaba a casi toda España”.
Parece
que María Mikaela" de seglar Raimunda, ofreció su vida al cielo si cesaba
el cólera, y el mismo día en que la monja exmarquesa de Linares moría (23 de
agosto de 1865) el cólera desaparecía del mapa español. Más tarde sería
canonizada como Santa María Mikaela. Del marqués nada volvió a saberse, salvo
que casi todos coinciden en que José de Murga acabó con su vida suicidándose,
y como a los suicidas se les negaba sepultura en el camposanto, pudo haber sido
enterrado en el jardín del palacio o bajo el suelo de la capilla palaciega, lo
que viene a echarle más color a la historia fantasmagórica.
Con
la historia y la leyenda en las manos, se trata de acoplar el ''puzzle' del
relato las voces obtenidas en presuntas psicofonías y que pudieran corresponder
a los personajes protagonistas de esta singular historia leyenda fantasmal del
palacio de Linares. Cuando se escucha la escalofriante voz de: «Yo tuve una
hija. yo tuve una hija», se atribuye a la voz de Raimunda que desde los
confines de ultratumba recordará por los siglos de los siglos que fue
madre y que rechazó o asesinó a su hija, según se tenga en cuenta una u otra
versión.
Quizá
esa supuesta hija, a la que algunos identifican como María Rosales y que fue
enviada al hospicio por Raimunda al saber que su marido era a la vez su hermano
de sangre, sea la que en el palacio de Linares dejó oír su voz recriminatoria:
“Mamá. Mamá, yo no tengo mamá,
Mamá”
La
otra voz que aparece en las psicofonías y que repite: “¡Fuera! ¡Fuera! No,
no, aquí no”, podría ser la del propio marqués tratando de ahuyentar a esa
hija escondida, a esa hija no reconocida.
Los
expertos aseguran que a lo largo de toda la historia la maldición de Linares ha
existido, que en el interior del edificio se han producido fenómenos
paranormales, ruidos, llantos, voces extrañas a las que no se les dio valor o
que se ocultaron para que esa leyenda y sus fantasmas no fuera óbice para la
venta del edificio, una historia mercantil que también tiene sus curiosidades.
El
edificio del palacio ha tenido siempre mala prensa y quizá por ello mala salida
en el mercado inmobiliario. En el Madrid de primeros de siglo este inmueble
ocupaba el centro de atención de las habladurías, supercherías y ficciones.
En la calle, la transmisión popular de historias y leyendas ya otorgaban al
palacio de Linares por aquella época, casi recién estrenado el siglo, su
calidad de albergue de un fantasma que vivía en la capilla del edificio y que
algunas noches lanzaba tremendos aullidos que espantaban a las parejas que se
habían quedado rezagadas al calor del beso furtivo en el Salón del Prado.
Parece
que hubo algunos intentos de vender el palacio por parte de los herederos de los
marqueses a otras familias de la aristocracia madrileña, pero el recelo por la
leyenda que hacía maldito al palacio y también por la obligación de aceptar
como huésped al presentido fantasma, abortaron cualquier operación de venta.
Tras la adquisición por parte de la familia Villapadierna, los distintos
habitantes que tuvo el palacio no duraron mucho tiempo entre sus gruesos muros.
Unos cuentan que era un lugar muy incómodo y otros llegaron a confesar que
vivir en aquel sitio era estar expuesto continuamente a un estado de inquietud
inexplicable, de tensión, de miedo. Algunos dieron testimonios, no considerados
en su día, sobre fenómenos extraños que ocurrían en palacio, como apagones
repentinos de todas las velas y quinqués sin que hubiera corriente de aire, o
la apertura y cierre de puertas sin que nadie las empujara, o los sonidos de
llantos y gritos que se escuchaban en la noche. En fin, que Linares no se hacía
tener por palacio hospitalario, tranquilo, reposado.
Durante
la guerra civil el edificio fue asaltado, tomado y destrozado en muchas de sus
estancias. Después de la contienda
nacional el inmueble fue adquirido por la Compañía Transmediterránea, que
nunca llegó a instalar su sede en el mismo. Lo compran después las Cajas de
Ahorros para ubicar allí la sede central del Consorcio, pero tampoco llega a
fraguar este proyecto. Unos dicen que la maldición impuesta por los fantasmas
de Linares hacía que por unas u otras circunstancias el palacio continuara de
por vida deshabitado y lo que es peor, sumido en un deterioro irreparable,
aunque lo cierto es que las firmas comerciales
desistieron de establecerse al no conseguir licencia para reconvertir el
edificio, ya que éste se encontraba dentro de la zona de protección
monumental.
Las
Cajas de Ahorros lo venden a la empresa Teseo, que intenta obtener licencia para
la reforma y al no conseguirla lo vende al empresario Emiliano Revilla. Hay
quien achaca a la maldición de Linares el hecho de que Revilla fuera
secuestrado por ETA poco tiempo después de comprar el edificio y a que se
convirtiera en el rehén que batió el récord de tiempo secuestrado en su día.
Antes de producirse este secuestro, el entonces alcalde de Madrid, Juan
Barranco, intentó comprar para el municipio el palacio de Linares
Emiliano Revilla le pide 1500 millones de pesetas que el alcalde está
dispuesto a desembolsar, pero se encuentra con la oposición política en el
Ayuntamiento y con la persona de Agustín Rodríguez Sahagún, entonces portavoz
del grupo municipal del CDS, que consigue abortar la operación por considerarla
lesiva para las arcas municipales.
Es
precisamente tiempo después, con Rodríguez Sahagún como alcalde y con
Emiliano Revilla liberado, cuando el Ayuntamiento adquiere la propiedad del
palacio de Linares a través de una permuta de terrenos municipales ubicados en
lugar próximo a la M-30, en zona de privilegio para general plusvalías, unos
terrenos valorados en unos 3000 millones de pesetas.
Coincidiendo
con el año en que Madrid ostentaba la capitalidad europea de la Cultura, 1992,
el palacio de Linares, tras varios meses de rehabilitación, era inaugurado como
sede de la Casa de América. Más de 6000 millones de pesetas se invirtieron
para devolver al edificio todo el esplendor y el lujo que tuvo en su día y que
fue perdiendo por culpa de las leyendas, de los misterios y de los fantasmas que
casi de forma cíclica aparecían en la lengua turbulenta de los madrileños,
por lo común muy aficionados a alentar cualquier hecho sobrenatural conocido o
rumoreado.
En
cualquier caso algo debe de tener este palacio porque nunca se ha visto ausente
de fortuitas coincidencias, de percances e historias que han dado lugar al
renacimiento de la leyenda. Y puede que hasta esa aureola de misterio rodeara la
explicación de por qué los enredos y los problemas han acompañado a la
historia del palacio hasta sus últimas consecuencias. La inauguración de la
Casa de América sufrió un considerable retraso al plantarse las empresas
contratadas y paralizar las obras por una cuestión de diferencias de cifras en
los presupuestos acordados. Las empresas reclamaban un aumento de 300 millones
de pesetas sobre el presupuesto inicial. Duras negociaciones consiguieron
rebajar esa pretensión a 100 millones y las obras se reanudaron.
Palacio que iba a ser
destinado a engrosar uno de los capítulos más interesantes de la leyenda y del
misterio de Madrid, no podía andarse con remilgos. Por eso, desde su origen
tuvo sobre su estructura la mano y el talento de los mejores artistas de la época.
El marqués de Linares encargó el proyecto del edificio al arquitecto municipal
Carlos Colubí, quien parece copió el diseño del arquitecto francés Adolfo
Ombrecht. El interior fue embellecido por Pradilla, Plasencia, Domínguez,
Ferrant, Gessa, Amérigo y Suñol, que eran la élite artística del momento. No
reparó en gastos el marqués y mandó tejer los tapices para las paredes del
salón en la Fábrica de Gobelinos y la alfombra color carmesí para cubrir los
peldaños de mármol de la majestuosa escalera principal en la Real Fábrica de
Tapices, mientras que el cortinaje y la tapicería de los muebles fueron
encargadas a las fábricas textiles de Lyon. Para el revestimiento exterior fue
encargada piedra arenisca de Novelda. Y otro misterio que añadir a la historia
del palacio es cómo esta piedra no sufrió erosión o deterioro alguno durante
los veintitrés años que el edificio permaneció cerrado y abandonado.
Los fantasmas de Linares se toman venganza
Cuentan que los marqueses de Linares, por la tragedia personal que
tuvieron que vivir, se convirtieron en seres atormentados que no soportaban las
compañías. Quizá sus fantasmas han seguido la personalidad cimentada en la
amargura y en el desprecio a la convivencia. Por eso no han permitido nunca que
nadie rompiera la intimidad acunada en la soledad y en el abandono del palacio,
y cada vez que se ha producido una transacción comercial con el edificio, los
fantasmas han roto el silencio para llenar de gritos angustiados, de terror y de
fenómenos extraños las dependencias del inmueble en un intento de ahuyentar a
posibles moradores de carne y hueso.
Quizá
esas leyendas que se propagaban adecuadamente, hicieron que antes de la guerra
civil los curiosos se detuvieran ante el edificio, se empinaran sobre las rejas
y trataran de descubrir algún síntoma de misterio. Quienes lo hacían
aprovechando la complicidad de la noche contaban haber visto sombras gigantescas
y sobre todo el paseo nocturno de un fantasma que salía de la "casita de
muñecas" y llegaba hasta el salón de palacio alumbrado por una
lamparilla.
Las
definitivas obras para convertir el palacio en sede de la Casa de América
despertaron con sus ruidos y trasiegos a los fantasmas, que se dejaron oír
especialmente en la noche cuando los vigilantes-jurado intentaban dar una
cabezada. Y ello fue lo que atrajo la atención de Carmen Sánchez para pedir
permiso al concejal Enrique Villoria, y realizar en el interior del edificio una
serie de psicofonías.
Una
de esas noches, ella misma pudo comprobar sucesos extraños:
-
Habíamos instalado nuestros aparatos y esperábamos en silencio. De pronto, una
perra que tenía junto a mis pies empezó a gruñir de forma sospechosa.
Empezamos a oír pisadas sospechosas. Nos levantamos y los ruidos cesaron, pero
de repente volvimos a oír los pasos mucho más fuertes y rápidos: de pronto
las tres puertas de la habitación en la que estábamos se abrieron de golpe y
sentimos sobre nuestros rostros una especie de aire helado. Salimos todos
corriendo hacia el jardín”.
Cuando
Carmen Sánchez cuenta la experiencia personal vivida en el interior del palacio
y hace públicas las psicofonías obtenidas con las voces de los presuntos
fantasmas, se produce en Madrid una gran conmoción: unos piensan que se trata
de una farsa, de un cuento, de un fraude; otros apoyan las tesis de la
existencia de fenómenos sobrenaturales en este lugar y tiran de los archivos,
de las hemerotecas y de rancios textos para demostrar que lo que ahora ha
saltado a la luz es algo que tiene precedente en otros tiempos. En cualquier
caso, a nadie deja indiferente la aparición de los fantasmas de Linares y la
noticia corre por todos los caminos de España e incluso se hace presente en la
prensa extranjera, convirtiendo a Carmen Sánchez, doctora Sánchez según su
exigencia personal, en la mujer más solicitada, fotografiada y biografiada del
momento.
Los
expertos en fenómenos paranormales se dividen. Unos desconfían de la
investigación realizada por Carmen Sánchez e intuyen que las grabaciones
obtenidas se han conseguido a través de una mezcla de hábiles trucos; otros
ratifican que en el palacio de Linares han ocurrido siempre fenómenos extraños
y aprovechan la ocasión para defender la tesis de la existencia de los
fantasmas, aunque pocos son los que creen que esos fantasmas tengan voz y que su
voz pueda ser grabada por una máquina inventada por el hombre En cualquier caso
la expectación está servida, hasta el punto de que en la madrugada del 30 de
mayo de 1990, doscientas personas irrumpen en el interior del palacio con el ánimo
de intimar con los fantasmas, saludarles y recoger sus voces. Pero aquella noche
los señores marqueses y su hija no estaban complacientes, no estaban para
visitas multitudinarias y prefirieron pernoctar en el más allá, con la
consiguiente frustración para los curiosos y para los profesionales de la
parapsicología.
Los
fantasmas de Linares no perdonan, sobre todo no perdonan a quienes rompen su
intimidad y desvelan sus voces doloridas, a quienes profanan su desasosiego
errante. Y los fantasmas de Linares se convirtieron de alguna manera en
vengadores anónimos contra Carmen Sánchez, que el 4 de junio de 1990, pocos días
después de sus revelaciones sobre las voces de los fantasmas, era detenida por
la policía por presunta falsificación de cheques. Se supo entonces que Carmen
tenia una orden de búsqueda y captura desde hacia diez años al haber estampado
su firma en un talón sin fondos.
La
orden judicial para buscar a Carmen surtió efecto cuando alcanzó popularidad,
cuando su nombre y su foto aparecieron en los periódicos a raíz de las
psicofonías de Linares. Fue entonces cuando la policía comprobó que era la
mujer a la que llevaban diez años buscando y la detuvieron Los fantasmas de
Linares la habían delatado. Y además gracias a los fantasmas y a la
popularidad alcanzada, se supo que Carmen Sánchez no figuraba colegiada en
ninguno de los colegios profesionales de Psicología y Psiquiatría, por lo cual
no podía desempeñar su profesión, y también que estaba preparando un libro
sobre los fantasmas del palacio de Linares que pensaba vender como rosquillas
tras haber armado la marimorena con la exhibición pública de las supuestas
psicofonías. La venganza de los fantasmas había sido completa.