EL
JARDÍN
Después de haber caminado por aquellas calles polvorientas con el sol en plena mañana, paré frente a una casa, con su jardín laberíntico. En la entrada había rosas rojas en forma de arco.
Entré sin pensármelo, empecé a andar por ese jardín prohibido. La sensación de humedad era limpia, fresca, como una mañana de invierno. Seguí un camino, y otro, y otro más, me estaba perdiendo sin yo saberlo, en un jardín tan pequeño y tan aterrador. Las hierbas crecían sin que nadie las cortase. Los árboles eran grandísimos, salvajes. Ese jardín parecía que no tuviese dueño. Me senté en una piedra, descansé y alquel silencio ensordecedor en el que me vi envuelta fué interrumpido por los cantos de los pájaros, y entre ellos el chirrido de un columpio.
Agudicé el oido, y fuí guiada por ese ruido, que dejaba paso a una pequeña y ensombrecida plazoleta. Allí un niño, riéndo sólo, me miró, bajó del columpio, cogió un cuento, y lo trajo hacia mí. Me quedé enmudecida al mirarle. Tenía la tez blanca , con ojeras marcadas, ojos grandes, yo diría que casi redondos. Los labios los tenía pequeños, finos con un color rosa pálido.
El niño debió de sentir lo que yo sentía, porque se giró y se fué corriendo por un pasillo de hiedras.
Me volví por donde había venido, quería salir de allí, giré la esquina de la verja y salí corriendo por aquellas calles polvorientas.
Cristina Sanchez Cerezo alumna de 2º Bachillerato