ARTE MODERNO

Pastiche

JOSE ANTONIO LAGO profesor de Inglés

Ilustraciones: María José Gómez

 

El estoicismo, religión que tiene un solo sacramento, ¡el suicidio!
Charles Baudelaire

Y AHORA, QUE PIENSEN LOS ESPEJOS
Jacques Rigaut

¡Merdre!

CAPÍTULO I :

La voz monótona de miss Stein, sonando a través del interfono, me sacó de mi letargo. Me había quedado dormido con los pies encima de la mesa.
- Una señorita desea verle, mister Guggenheim.
- ¡Qué espere un momento!
Mantuve conectado el aparato, mientras me bajaba las mangas de la camisa, ajustaba el nudo de la corbata y me peinaba un poco con los dedos. Así pude escuchar la conversación que miss Stein mantenía con la recién llegada. Era un viejo truco, que practicábamos asiduamente y que me daba cierta ventaja de salida en las entrevistas con mis clientes.
- Mister Guggenheim lleva sólo unos meses en Europa. Habitualmente desempeña su trabajo en New York, pero los de la Agencia allí pensaron que una buena temporada lejos sería conveniente para que se olvidasen de él el Fiscal del Distrito y algún que otro miembro del Departamento de Policía. Su ayudante, Jack Whitney...
Hoy, sin embargo, era mi secretaría la que no paraba de hablar. Se tenía bien aprendida la lección.
En realidad, no tenía asignado ningún caso en especial, tan sólo permanecer en París y estar atento a lo que pasaba en la ciudad. A decir verdad, he de confesar que nos aburríamos bastante en París, a pesar de que yo me había hecho bastante conocido en los ambientes del hampa, donde los americanos eran muy bien recibidos, y contaba con algunos buenos amigos. Siempre se estaba rumoreando que iban a estallar los bajos fondos; mas lo cierto es que una calma chicha flotaba en el ambiente.
La señorita era una pelirroja preciosa y bastante excitada, que entró en mi despacho en el preciso instante en que yo retiraba los pies de encima de la mesa.
- Tome asiento, encanto - le dije, observando una carrera en sus medias.
- ¡Mi tío está en peligro! ¡Quieren asesinarle! - la chica hablaba deprisa y gesticulaba furiosamente.
- ¡Vayamos con calma, muñeca!
- Se trata de mi tío Vincent, vive en Auvers-sur-Oise. Aquí tengo su última carta No es muy explícito; pero tal vez tema que le intervengan el correo. Sé que necesita ayuda. Vaya allí y averigüe lo que está pasando. Quiero que impida que le maten.
- Bueno, bueno, una simple carta no parece motivo suficiente para alarmarse.
Me puso el sobre debajo de la nariz. Era una carta inacabada, que ni siquiera estaba firmada, y terminaba diciendo:
"Pues bien, mis asuntos; arriesgo mi vida y mi razón destruida a medias - bueno - pero tú no estás entre los que trafican con vidas humanas, que yo sepa; y puedes tomar partido, me parece, procediendo realmente con humanidad, pero ¿qué quieres?"
- Quizás se precipita, preciosidad; no quiere decir necesariamente que lo vayan a quitar de en medio, que alguien se sienta filosófico aunque, por mi parte, creo que más de uno se lo merecería.
Pero la muñeca no tenía mucha paciencia. Me miró con furia desde sus ojillos verdes y arrojó un fajo de billetes sobre la mesa.
- Cien francos al día, más los gastos, ¿no es así? La mitad ahora y la otra mitad cuando termine el trabajo, ¿entendido? - gritó. Y desapareció por donde había venido.
- O.K., encanto.
Cogí del archivo la documentación que teníamos acerca de Vincent Van Gogh, que así se llamaba el tío de mi cliente, fui paseando hasta la estación de Saint Lazare y salté al primer tren que pasaba por Auvers, así los gastos serían menores.
Durante el trayecto, revisé los papeles que había cogido del archivo. En realidad, era muy posible que quisieran cargarse al tío de la pelirroja, lo raro es que no lo hubieran liquidado ya. Vincent Van Gogh era un holandés pendenciero y violento, que llevaba algún tiempo en Francia, aunque sólo en los últimos años se había introducido en el hampa. Había ingresado en la banda de los impresionistas, que en otros tiempos había controlado la mayor parte de los bajos fondos, cuando ésta estaba en plena decadencia, y había pasado a dirigirla, de carambola casi, sustituyendo al anterior jefe, Cézanne.
En su mejor época, los impresionistas habían detentado prácticamente el monopolio de la delincuencia en Francia. Si exceptuamos algún ratero insignificante, la mayor parte de los criminales pertenecían a la banda. Pero cuando Van Gogh llegó al poder, el esplendor de la organización había decaído enormemente. La edad de oro había pasado, y bajo la vacilante dirección del inestable holandés, las cosas lo único que habían hecho era empeorar. Evidentemente, no era el tipo idóneo; carecía de sangre fría, y era intratable, irascible y violento. Sus diferencias con Gauguin, otro mafioso que había luchado con él para tratar de arrebatarle el puesto, eran conocidas de todo el mundo; habían llegado a las manos e, incluso, se habían amenazado de muerte. Van Gogh se había ido a vivir al campo, casi parecía retirado en su exilio de Auvers, al norte de París, desde donde movía los hilos de lo que pasaba en la capital. Pero en la ciudad había gente muy ambiciosa y, a espaldas del viejo, cada día surgían nuevas bandas, la mayor parte de ellas de poca monta. Cada una le iba robando una parcela de poder a los impresionistas, y el poder se le escapa de las manos al holandés como agua entre los dedos.

Fauvistas, nabíes, naives, dadaístas, surrealistas, cubistas... De un tiempo a esta parte proliferaban los grupúsculos de nombre extraño, y los cambios de bando estaban a la orden del día. La vieja organización había estallado en un cúmulo de pandillas dirigidas por tipejos sin escrúpulos, que no se detenían ante nada: protección, drogas, prostitución, estafa, falsificación, apuestas ilegales... La mayoría de las calles ya no pertenecían a la organización de los impresionistas más que formalmente y, como ya he dicho, todos esperábamos que la guerra por el poder estallara el día menos pensado. En realidad, cualquiera podía tratar de cargarse a Van Gogh con la sana intención de sustituirle, y ésa sería la señal de salida.Un informe exaustivo, como todos los de mi secretaria.
Había contratado a miss Stein en cuanto llegué a París, unos meses atrás. Gertrude Stein era americana, pero había pasado media vida en Francia. Nadie conocía mejor los bajos fondos que aquella solterona chiflada e insoportable, que aparentemente sólo se interesaba por los sombreros estrafalarios y el arte moderno. Sin embargo, tenía un raro olfato para los asuntos del hampa. En el tiempo que llevábamos juntos, había organizado un archivo de delincuentes infinitamente superior al que tenían los polizontes de la prefectura del Quai des Orfèvres. En cuanto a Jack, mi ayudante, en realidad no trabajaba en mi agencia, aunque él también vivía habitualmente en New York. Nuestra alianza era meramente circunstancial; habíamos decidido trabajar juntos una temporada, y después, cada uno a su funeral.
Salté del tren y fui caminando hasta la casa del holandés. Cuando llegué allí, había gente arremolinada en el exterior, de modo que me precipité adentro, alarmado. El tipo ya estaba frío, tumbado sobre una cama de madera, y cubierto con una colcha roja. Un hombrecillo pelirrojo, flaco y desgarbado, que se tocaba con una gorra ridícula y se rascaba una barbita rala y descolorida, lo estaba examinando.
- Soy el doctor Gachet - me dijo -. Tiene un disparo en el pecho. Está muerto.
Observé que al fiambre le faltaba una oreja. Era una vieja historia: el holandés la había perdido en un altercado algunos años antes. También era pelirrojo - por un momento, parecía que toda la humanidad tuviera el pelo de ese color - y más joven de lo que haría suponer una ojeada superficial. Decidí husmear rápidamente, antes de que llegara la policía; pero no encontré nada en toda la casa. La habitación donde estaba el cadáver se componía sencillamente de una gran cama de madera, un viejo perchero, unos cuantos cuadros de mala factura, un espejo, un par de sillas de enea y una mesa con algunos objetos domésticos encima. La habitación, a pesar del cadáver, daba una gran sensación de reposo. Lo único que, tal vez, me pudiera ser útil era un sobre arrugado y vacío, con las iniciales A.G.S. escritas a mano en el dorso, que robé de un bolsillo de la camisa del muerto.
Al salir de la casa, me di de narices con la pelirroja, que había aparecido inopinadamente por allí.
- ¡Estúpido! - me escupió - ¿Esto es todo lo que ha podido hacer?
Me encogí de hombros.
- No es mi culpa que los trenes de este país sean tan lentos, amiguita. Si lo desea, puedo dejar el caso. De todos modos, lo que sí puedo asegurarle es que usted no es sobrina de Van Gogh, entre otras cosas porque el pobre diablo nunca tuvo sobrinas.
La chica se sonrojó ligeramente; pero enseguida se repuso y me contestó:
- De acuerdo. Trabajo para los impresionistas, me mantengo fiel a la organización. Ellos mismos fueron los que me encargaron que le contratase, aunque parece que todos hemos llegado un poco tarde.
La chica quería que siguiera con el caso y encontrase al asesino, a los asesinos, probablemente, de Van Gogh. Al parecer, los impresionistas querían impedir que los jubilaran a todos anticipadamente a base de plomo.

(CONTINUARÁ...)