De la idea... al hecho: ¿Cómo surgió el CD?

Los discos compactos (los populares CD´s) tienen un uso muy extendido y diversificado en la sociedad actual: CD de música, CD-Rom, videodisco, ... Pero, ¿cómo surgió la idea del disco compacto?. Su historia revela que en las innovaciones científico-tecnológicas la línea recta no es siempre el camino más corto.

La historia del disco compacto empezó a finales de los años sesenta en Eindhoven (Holan­da), en uno de los múltiples laboratorios de la empresa PHILIPS. Por aquellos años los profesores reclamaban nuevas tecnologías capaces de aligerar las clases por medio de diapositivas y películas que ilustrasen el discurso del enseñante, pero exigían como condición imprescindible la posibilidad de acce­der instantáneamente a cualquier ima­gen. El hecho de que una cinta exigiera un tiempo demasiado largo hizo pensar a Peter Kramer y su pequeño equipo de investigadores que la respuesta podría estar en el disco, siempre que éste no fuera prisionero de un surco. En su laboratorio de óptica, este equipo se propuso poner imágenes en un disco del tamaño de un microsurco de 33 revoluciones. Afortunadamente, había ya un precedente, el de los discos memoria, pero la técnica utilizada en ellos era analógica. Los primeros “discos ópticos”, como se les llamaba, estaban formados por señales de modulación de frecuencia, muy densas, a las que se habían añadido señales de color. Sólo en una segunda fase de la investigación se pensó en una técnica, entonces balbuciente, que consistía en abrir minúsculos agujeros (del orden del micrómetro, o sea, 10-6 metros) en una sustancia plástica y en leerlos rápidamente por medio de un haz luminoso. El punto crucial consistía en crear un ordenador capaz de transformar los sonidos, las imágenes y las palabras en un código numérico y viceversa (técnica digital).

Un día de 1970, se dispuso por fin de un prototipo. Pero al poner en marcha el aparato no se vio otra cosa que ... ruido. Un rápido cálculo permitió comprender qué había fallado. Una lámpara clásica no producía suficientes fotones de luz sobre la superficie tan pequeña de un agujero como para ser portadora de la señal sensora. Sólo podía hacerlo la intensidad de un haz láser. Por fortuna, la empresa PHILIPS fabricaba láseres. Una primera imagen, en blanco y negro, mostraba al consejo de administración de la firma en 1971. La empresa se decidió entonces a invertir en el proyecto. En otoño del mismo año, se realizó una demostración ante la prensa profesional. Había nacido el laser­Vision. Resultaron necesarios seis años de esfuerzos para mejorar la calidad del vidrio, el prensado y el modelado de la capa plástica, la mecánica y la televisión. También hubo que optimizar el láser y su espejo, así como el código numérico.

No obstante, el producto no prosperó porque era demasiado caro. El láser, por sí solo, valía cerca de un millón de pesetas. Pero el obstáculo más importante era la industria cinematográfica. Ninguna empresa de este sector deseaba apostar por el nuevo sistema en un momento en que apenas acababan de implantarse la cinta magnética y el aparato de vídeo.

La apuesta parecía perdida de antemano. El disco óptico de imagen y sonido fue abandonado. O casi ... Lo cierto es que el nuevo producto intrigaba a Lou Otten, responsable del departamento de acústica. Gran aficionado a la música clásica, Otten había quedado entusiasmado por la calidad del sonido y la ausencia de ruido de fondo. ¿No podría aplicarse esta tecnología al sonido exclusivamente?.

La primera idea de Otten fue producir un disco de diámetro reducido, más pequeño que un disco tradicional de 45 revoluciones [1], que fue llamado compact disc (CD). En 1979 se hizo la demostración del producto. Sobre una mesa cubierta por un mantel blanco se encontraba la lectora, del tamaño de un magnetófono de casete. Cuando el disco plateado quedó instalado, la concurrencia, como era de esperar, se deshizo en elogios. Pero nada era todavía definitivo: el aparato no era más que un prototipo. Debajo de la mesa, cuidadosamente disimulado antes de que llegaran los periodistas, se encontraba un metro cúbico de electrónica que todavía había que integrar. Hecho esto, el producto fue presentado en las dimensiones deseadas ocultando todos los elementos aún no miniaturizados.

Se perfilaban dos objetivos más importantes: el de la norma (y por lo tanto de la competencia) y el de la oferta de discos (había que convencer a las compañías discográficas).

La norma preocupaba mucho a PHILIPS desde una mala experiencia anterior, la del videocasete. ¿Podía  PHILIPS imponer su opción en solitario? La empresa prefería aliarse a una compañía japonesa. La elección recayó en SONY, que estaba atrapando a PHILIPS en el proyecto. Tras delicadas negociaciones, se llegó a una colaboración fructífera. Las dos empresas compartieron incluso su tecnología.

Faltaba convencer a las principales discográficas. Cornelius van der Klugt, nuevo miembro del consejo de administración encargado del seguimiento del proyecto, puso en pie un auténtico plan de batalla. En 1981, consiguió colocar a un veterano de PHILIPS en la dirección de POLIGRAM, líder indiscutido del repertorio clásico (que parecía el único sector interesante). Actuando desde el interior, su acción consistió en convencer a la compañía para invertir en nuevas cadenas de producción de música clásica en formato CD, totalmente al abrigo del polvo y de la electricidad estática. Al mismo tiempo, había que conseguir la adhesión de los medios artísticos. Herbert von Karajan, director de orquesta figura de POLYGRAM, colaboró en el proyecto. Durante el festival de Salzburgo, dedicó un día entero de descanso a cantar las alabanzas del pequeño disco ante los críticos del mundo entero. Una élite de artistas, de Luciano Pavarotti a Mick Jagger, exigieron también la grabación digital. La partida estaba definitivamente ganada.

   

Bibliografía consultada: Giordan, A., 1996. Los primeros surcos digitales. Mundo Científico, 166, pp. 281.

Manuel Ruiz (Dpto. de Física y Química)

 

[1] Curiosamente, el que el CD mida 12 cm en vez de los 11,5 previstos inicialmente se debe a la melomanía del vicepresidente de SONY, Norio Oga, gran aficionado a Beethoven. La novena sinfonía, en su versión más larga, dirigida por Herbert von Karajan, dura 74 minutos. Alargando el diámetro medio centímetro se obtenían  14 minutos suplementarios de placer además de los 60 inicialmente previstos.