LOS VIAJES A LAS INDIAS EN EL SIGLO XVI.

Un torrelagunense se embarca para las Indias

UN TORRELAGUNENSE EN LA GUERRA DE CUBA

 

por Marta María Arias, 4º E.S.O.

Iglesia y Casa Consistorial de Torrelaguna

 

 

LOS VIAJES A LAS INDIAS EN EL SIGLO XVI.

Un torrelagunense se embarca para las Indias

 

Desde los primeros viajes a América parte de los tripulantes se quedaban allí para iniciar una nueva vida, pero fue ya en el siglo XVI cuando se intensificó la salida de castellanos, andaluces, extremeños, etc. hacia las Indias. La partida de éstos hombres y mujeres hacia América tenía un doble fin: por un lado había un fin particular de cada uno que solía ser hacer "carrera" en América y lograr un nivel que no tenían aquí en España, y por otro había un fin político de poblar , controlar y evangelizar las nuevas tierras conquistadas.

Dentro de éste flujo de población nos encontramos a Francisco de Salazar, un torrelagunense que ejercía de criado de Rodrigo Vivero y que partió hacia Nueva España en junio de 1576.

Tres años más tarde encontramos a Fray Alonso de los Yélamos que iba al Perú con el comisario franciscano Fray Pedro Orobio.

Estos dos personajes nos ayudaran a descubrir las dificultades o facilidades que tenía el viaje a Indias.

 

Desde 1575 Francisco de Salazar estaba pensando que sería una buena idea ir a esas nuevas tierras que se habían descubierto e intentar hacer fortuna. Así que cogió sus bártulos y partió hacia Sevilla.

Os preguntareis el por qué de ir hacia Sevilla y no hacia cualquier otra ciudad con puerto, aun más cuando Sevilla no tenía salida directa hacia el mar sino a través del río Guadalquivir. Pues bien le habían dicho que tenía que ir a la Casa de la Contratación que estaba en Sevilla y que era la encargada en exclusiva de dar los permisos para viajar a Indias.

 

Salió de Torrelaguna a primeros de mayo de 1576, cuando empezaba a calentar el sol y el verano ya estaba encima.

El camino fue bastante largo, llovía o hacía un calor "mortal", pero a pesar de esto había algo bueno: la gente le ayudaba y aun le quedaba algo de ánimo para disfrutar de aquellos bonitos y variados paisajes. A lo largo de éste viaje tuvo que alojarse en ventas, o en algún que otro convento, ya que el dormir en las posadas sólo se lo podían permitir los ricos. Allí comía y dormía por poco dinero.

Francisco recorría de unos veinte a veinticinco kilómetros por día excepto cuando la suerte no se ponía de su parte y topaba con algún que otro río o barranco que le impedía el paso o alguna desafortunada tormenta le sorprendía.

El viaje duro un mes aproximadamente, así que a primeros de junio ya estaba en Sevilla. Cansado del viaje nuestro caminante descansó en una venta y al día siguiente llego a la Casa de la Contratación junto con unos amigos que allí había conocido.

Se acerco a pedir su permiso de viaje, mas cual fue su sorpresa cuando le pidieron un documento hecho en su pueblo en cual se dijera quien era y qué no era. Nuestro hombre estaba muy sorprendido porque un amigo suyo cuyo hermano había ido a Indias años antes, le había informado de que no hacia falta presentar ningún tipo de documento.

Al oír aquello Francisco casi se murió del susto y lo único que decía era que el había hecho un largo viaje y que no podían decirle ahora que por unos estúpidos papeles no podía viajar a Indias. La falta de esta documentación planteó al presidente y a los jueces de la Casa de Contratación muchos problemas y así lo manifestaban en carta del 4 de julio de 1617.

Por fin nuestro amigo Francisco consiguió que le dieran los permisos tras haber encontrado a unos amigos que reforzaron sus explicaciones y también gracias a una fianza que exigió la Casa de Contratación.

Ahora que ya tenia los permisos debía buscarse un barco en el que ir, porque por aquel entonces el trayecto a Indias no era un trayecto de pasajeros sino de mercancías y por lo tanto los pasajeros debían buscar acomodo entre los barcos mercantes que marchaban hacia el Nuevo Mundo. Pues bien, ahí tenemos a Francisco recorriendo el puerto sevillano y hablando con unos y con otros, buscando un propietario, un capitán o un patrón de barco con quien negociar las condiciones del pasaje.

Entonces no había unas tarifas de precios fijadas para los pasajes de las personas, así que el precio se negociaba. Aunque en 1621 se estableció un precio de dos ducados de plata por persona que venia a cubrir lo que se denominaba "Impuesto de Avería", aunque este importe tampoco era determinante. La única restricción que había a la hora de cobrar el pasaje es que lo pagado no excediera lo que se había convenido anteriormente.

Sin embargo nuestro otro torrelagunense, Fray Alonso de Yélamos no tuvo tantos problemas porque a las ordenes religiosas normalmente la corona les pagaba los gastos. En 1579, cuando marcho, todavía no estaba legislado pero era un costumbre que mas tarde (en 1607) se haría ley.

Esta costumbre consistía en pagarles el viático que era darles una cantidad de dinero por cada jornada que hubiera transcurrido desde su salida del lugar de origen hasta la llegada a Sevilla, pero esto estaba limitado ya que la ley decía que en cada jornada debían andar unos 45 kilómetros. Y como dije al principio la media era de unos 30 kilómetros lo que hacía que no cobraran lo que realmente habían tardado. Además de este viático también se les pagaba el socorro, pero solo en el caso de que el embarque se retrasara y no si la estancia en Sevilla era porque habían llegado demasiado pronto.

Todos estos pagos eran realizados por la Casa de Contratación que también les daba para "aviamiento, vestuario y malotaje". Mientras que el viático y el socorro eran iguales para todas las ordenes, la ayuda para malotaje y vestuario era distinta para cada orden.

El precio del pasaje de un religioso, que sufragaba el estado, era de unos 18.326 maravedises, unos 49 ducados, que incluían parte de una cámara en el barco y media tonelada de carga, por los legos se pagaba sólo 36 ducados.

Comparando estos precios con lo que es posible que tuviera que pagar Francisco, que serían unos 72 ducados y medio, si es que quiso tener cámara en el barco, vemos que la diferencia entre ambos precios era importante.

 

Tras haber encontrado un barco que le quisiera llevar, Francisco tuvo que buscarse las provisiones para el viaje, porque el barco no las ponía, las tenía que poner él. Exactamente se les pedía que llevaran todo el malotaje necesario para la travesía. Nuestro protagonista preguntó a las gentes del puerto qué era lo que se solía llevar y tras una serie de preguntas logró confeccionar una lista en la que había: bizcocho, aceite, vinagre, pescado seco, tocinos añejos, habas, garbanzos, lentejas, harina, ajos, queso, miel, almendras, anchoas, sardinas blancas para pescar, pasas de sol, jabón, ciruelas pasas, higos, azúcar, carne de membrillo, alcaparras, mostaza, arroz, sal y animales vivos como vacas, cerdos, gallinas. En cambio la lista de bebidas era bastante mas reducida siendo formada sólo por el agua y el vino.

Así que Francisco recorrió Sevilla en busca de algunos de estos productos que no le fueron difíciles de encontrar porque se había desarrollado un comercio alrededor del malotaje muy importante.

Para favorecer el aprovisionamiento de los aventureros que iban a Indias los productos estaban libres de almojarifazgo y de otros impuestos aduaneros.

Cuando hubo comprado los alimentos, debió de terminar de confeccionar su malotaje con cacharros de cobre, ollas, sartenes, aceiteras, etc. para poder guisar en el barco y también para poder llevar en ellas los alimentos. También le recomendaron que comprara una frazada (que era una manta peluda para la cama), un colchón y una almohada, ademas de ropa fuerte para el viaje.

 

Igualmente le dijeron que se preparase de cuerpo y alma para realizar el viaje, así que acudió a una iglesia a confesar para ir limpio espiritualmente en el viaje.

 

Y llego la hora de embarcar él y todas sus posesiones, pero como no era el único pasajero había que luchar por conseguir un buen sitio en el barco, así que intento llegar el primero y buscar el mejor sitio para colocar su colchón y sus provisiones. Ademas en el barco reinaba el desorden y el desconcierto puesto que cada pasajero lavaba sus provisiones y pertenencias como quería o como podía lo que significaba que en las cubiertas y en las bodegas de los barcos hubiera cajas, cajones, baúles, jarras, botas de vino, cestos, sacos, atados, y toda clase de cosas donde guardar el malotaje.

 

Era el momento de zarpar y todos estaban contentos de poder partir hacia las Indias, sobre todo nuestro Francisco después del susto que le habían dado con los documentos. El barco salía lentamente del puerto de Sevilla y descendía suavemente por el cauce del río Guadalquivir mientras los pasajeros disfrutaban de las vistas de pueblos que muchos no conocían. Así felices y contentos iban los pasajeros hasta que el barco salía al mar y empezaban los movimientos y vaivenes y también empezaban los mareos.

Claro esta que no sabemos si Francisco se marearía, pero es muy probable que si lo hiciera, y esto suponía suciedad y mal olor, además del consiguiente mal cuerpo que se le pone a uno, pero pronto los pasajeros terminaban acostumbrándose a este tipo de movimientos que iban a padecer durante unos tres meses.

 

Cuando llevaban una semana el aburrimiento empezaba a hacer presa en los pasajeros. La rutina era algo agobiante. El desayunar por las mañanas algo frío, la comida a eso de las 11 de la mañana, antes del cambio de guardia, y la lucha diaria por lograr cocinar algo caliente para comer. La comida se hacia en un fogón que encendía el cocinero, pero este fogón era solo para la tripulación y los pasajeros (que a la tripulación lo que le hacían era estorbar) tenían que pelear entre ellos para lograr guisar algo. La mejor solución era ser amigo del cocinero para así tener asegurada la posibilidad de comer caliente.

 

Las distracciones se buscaban en cualquier cosa. Se podía pasear por la cubierta, pero esto solía resultar peligroso puesto que el ajetreo de los marineros y el estorbo que les suponía la gente hacia que normalmente salieran mal parados. Así que Francisco comenzó a jugar a las cartas y a los dados, que incluso los llevaban marcados pero como estaba permitido nadie se quejaba. Los frailes preferían hablar o aun mejor leer.

A Francisco le habían recomendado antes de embarcar que se comprara una caña de pescar y así lo hizo. Durante el viaje se pasaba horas intentado conseguir algún pescado que pudiese variar en algo su dieta. Esto de la pesca era algo útil porque además de pasar el rato, si picaban conseguías alimentos frescos.

Pero también había entretenimientos mas sofisticados. Con los animales que se llevaban se hacían peleas de gallos… hasta que eran sacrificados para comer. Se hacían simulacros de corridas de toros e incluso se montaban pequeñas obras de teatro si había entre los pasajeros alguna persona ilustre.

La guitarra era un elemento que amenizaba las veladas y los cánticos de los marineros en los cambio de guardia rompían en cierto modo la monotonía del viaje.

 

Así transcurría el viaje, dentro de una normalidad que aburría, pero que era mejor que los sobresaltos que producían en los pasajeros las tormentas y los piratas.

Había problemas, sobre todo en la alimentación, pero se intentaban que no afectaran en demasía y se procuraban evitar con los alimentos que se obligaba a llevar a los pasajeros. Las ratas también eran pasajeros habituales de estos barcos, y normalmente eran pasajeros no deseados porque además de molestar a los pasajeros comiéndoles la comida o mordisqueándolos mientras dormían, además solían transmitir enfermedades, aunque también a veces eran usadas para comer en casos de escasez.

Volviendo a Salazar, suponemos que al igual que todos los pasajeros, estaría "harto" del viaje y tendría muchas ganas de llegar a su destino.

Una buena mañana, cuando se levantaron, ya se divisaba tierra y todos estaban nerviosos y expectantes ante lo que les esperaba

Cuando llego la hora de desembarcar había casi tanto jaleo como cuando zarparon. Cada cual cogía sus posesiones ,y las que no eran suyas también, y se apuraban por pisar las tierras que ellos creían que iban a dar riqueza a unos, poder a otros y satisfacción a todos. Francisco de Salazar piso tierra firme y dio gracias a dios por haber llegado "sano, salvo y diez kilos mas delgado".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN TORRELAGUNENSE EN LA GUERRA DE CUBA

 

La situación de los hombres y mujeres, sobre todo los hombres porque al fin y al cabo eran los que tenían que ir a Ultramar, a finales del XIX era muy distinta a la de los que fueron en el XVI. En este momento no se iba voluntariamente, aunque sí había algunos, la mayoría de los que iban lo hacían obligados y en el cumplimiento del servicio militar. Por ello la historia de Benito Sacristán Romero, que al igual que en la primera parte del trabajo fue uno de los torrelagunenses que marchó hacia América, comienza cuando…

 

Benito, en el año de 1895, tenía ya la edad necesaria para entrar en el sorteo de las "quintas" (la quinta parte de los jóvenes de cada distrito). Sus padres seguramente estarían preocupados porque el dicho que circulaba por la España de aquel tiempo no era precisamente tranquilizador: "Hijo quinto y sorteado, hijo muerto y no enterrado"; y este dicho se cumplía incluso en tiempos de paz. El servicio militar que le tocaría hacer a Benito era largo y muy duro, con unas consecuencias sociales muy importantes. La alta mortalidad (1 de cada 85) y la posibilidad de perder el trabajo por la larga ausencia eran los dos hechos más graves, pero además estaba la convivencia con presidiarios, el alojamiento en cárceles y la certeza casi absoluta de que iba a ser movilizado en algún momento de su vida. Además, la posibilidad de entrar en quintas frenaba los matrimonios, puesto que si el mozo era llamado a filas el estado se olvidaba de la familia y no pagaba ningún subsidio, ni miraba siquiera el hecho de que estuviera casado y tuviera que mantener a la familia. También frenaba las "ganas" de los padres de dar una educación al hijo puesto que si le educabas, era sorteado y no tenías dinero para pagar la redención, era inútil la educación que se iba a perder entre los muertos del servicio militar.

Pero volviendo a Benito, que fue uno de los 180.929 mozos alistados, tuvo la "mala suerte" de ser uno de entre el 54,39% que fue declarado soldado ese año de 1895. Sin embargo, no estaba todo perdido para la familia de Benito, había algunas cosas que podían hacer para salvar a su hijo de ir al servicio militar.

Las posibilidades eran tres: o buscando una declaración de incapacidad, o pagando la redención o fugándose. Miremos ahora el funcionamiento de cada una de las posibilidades. Torrelaguna era por entonces un pueblo normal, con una economía basada en la agricultura y con un ayuntamiento controlado por los caciques, como sucedía en toda España y a todos los niveles; pues bien este era el primer lugar donde Benito se podía salvar.

Sus padres tuvieron la suerte de poder recurrir a la amistad con algún miembro del ayuntamiento para que éste declarara al joven Benito incapaz médicamente para el servicio militar, porque al año siguiente, en 1896, las declaraciones de incapacidad ya no dependían de los ayuntamientos sino del propio ejército, lo que habría complicado mucho la posibilidad de intentar esta posibilidad. Lo que sí sabemos seguro es que no fue declarado incapaz.

La segunda posibilidad era la redención en metálico, también llamada subrogación, consignación, exoneración o erogación, pero todos estos nombres encerraban tras de sí una única cosa: dinero. Esta posibilidad de la redención consistía en el pago de 1.500 pesetas si el destino era peninsular o de 2.000 pesetas si el destino era en ultramar. Esto ha sido considerado como una fuente de desigualdad social ya que la posibilidad de pagar este dinero sólo la tenían las clases enriquecidas. Esta situación arrancaba de la Constitución de 1876 que establecía el servicio militar para todos, sin exenciones para los estamentos privilegiados, pero que a su vez creaba la posibilidad de exención a través del pago en metálico; el cambio no era importante para los mozos españoles, pero sí para el Estado español; los jóvenes pobres o de los estamentos no privilegiados seguían yendo a la guerra y los de los ricos o privilegiados, no. Pero ahora el estado sacaba de los ricos un beneficio que antes no obtenía, unos 40 millones de pesetas al año del 47,5% de jóvenes que como media salían exentos. Pero pese a esta posibilidad, Benito tampoco se consiguió librar por este modo de ir al servicio militar, porque la cantidad de 1.500 pesetas era excesiva para su familia y ya no digamos las 2.000 para ultramar. Más adelante apareció otra posibilidad que era la sustitución o cambio de recluta que consistía en pagar a otro para que fuera a ocupar su puesto. A este otro se le llamaba "personero" o "alquilón"; esta posibilidad era algo más barata, ya que oscilaba entre 500 y 1.250 pesetas. Aunque esta posibilidad no estaba disponible y la redención en metálico era excesivamente alta, no estaba todo perdido dentro de esta solución.

Durante esta época, empezaron a aflorar sociedades de seguros que se dedicaban a prestar el dinero para pagar las redenciones, eso sí a cambio de un interés anual entre el 36 y el 60% anual, lo que hacía que aun con posibilidades de crédito, sólo unos pocos se pudieran adherir a esta solución. En cambio, esta solución de las sociedades de seguros hizo que muchas familias con un nivel medio se embarcaran en préstamos para salvar a sus hijos y terminaran quebrando.

Este sistema dio lugar a un alto grado de descontento en la población española, del que se hizo eco el Partido Socialista. Este partido lanzó una proclama que rápidamente arraigó entre el pueblo: "O todos o ninguno" en relación a la exención que hacia que solo fueran los hijos de los campesinos. En relación a esto Pablo Iglesias publicó un artículo el catorce de enero de 1898 en el periódico del partido "El Socialista".

Este articulo decía:

 

"Trabajadores, es preciso que nos dispongamos a no consentir que, falseando el espíritu de la ley que han hecho nuestros adversarios, se envíe a la manigua solamente a los hijos de los que nada tienen, de los que diariamente son despojados de la parte principal del fruto de su trabajo por quienes hablando a todas horas de patriotismo, ni empuñan el fusil, ni mandan a sus hijos a los campos de Cuba"

 

Tras fallar las dos posibilidades anteriores a Benito solo le quedaba una posibilidad de evitar ir al servicio militar. Esta posibilidad era algo drástica y tenia también dos opciones: la primera era la emigración para así librarse de entrar en el sorteo, que se dio de forma muy importante en algunas regiones españolas. Sin embargo la mas drástica de todas las soluciones era la de desertar y que te declaran prófugo. Esta solución era la ultima opción ya que suponía tener que desaparecer y estar buscado como prófugo del ejército. Sin embargo era algo que se daba. De la quinta de Benito un 2,68% de los 180.929 mozos fueron declarados prófugos y en el total de los cuatro años de la guerra solo el 3,75% fueron desertores, aunque también hubo muchos que emigraron de forma ilegal que al fin y al cabo era casi lo mismo que ser un desertor.

Sabemos que Benito no recurrió a esta solución y que tampoco consiguió librarse por medios menos radicales, así que en 1896 tuvo el "honor" de ser incorporado a filas después de que en 1895 tras el sorteo le hubieran dado licencia ilimitada. El 25 de agosto salió desde el puerto de Barcelona en el vapor San Fernando con dirección a Cuba donde desembarcaría en la Habana.

La cuestión del transporte a la isla de Cuba también es algo a resaltar dentro de la historia de mi paisano Benito. El transporte a ultramar era algo importante en una guerra colonial como la que se estaba manteniendo a miles de kilómetros de la metrópoli y había que buscar una solución a este problema. Para ello el gobierno planteo un concurso publico en el que se presentaron entre otras la "Compañía Transatlántica" del Marques de Comillas, que según decían los periódicos de la época estaba dando unas condiciones tan favorables para el estado que no la podían rechazar. Pero resulto que tales condiciones "tan favorables" en un principio resultaron no serlo tanto. Se empezó a rumorear que la concesión en Monopolio había venido por la amistad del Marques de Comillas con el Ministro de la Guerra que era Azcárraga, también se supo que por cada soldado la Compañía lograba 32 pesos que era mas de lo que se pagaba por un billete de un pasajero normal, y para colmo las condiciones del viaje no eran precisamente como las de un crucero de placer (que por el precio es lo que parecía) sino que eran pésimas tanto en comodidad , ya que iban hacinados, ni en salubridad, porque muchos morían durante el trayecto por la mala alimentación.

Junto a Benito en este vapor también irían reservistas llamados para cubrir las necesidades de hombres, también se recurría a quintas extraordinarias, lo que fomento la practica de las medidas de liberación del servicio militar citadas anteriormente.

Así que Benito estaba camino de lo que en España se consideraba una muerte segura, es decir camino de Cuba y de su guerra. Mientras en España se empezaban a echar cuentas sobre lo que iba a suponer esta guerra, teníamos un ejercito de 128.000 hombres y 23.000 mandos lo que suponía un exceso de mandos para los soldados que había. Además muchos de estos mandos no se desplazaron hasta Cuba sino que se mantuvieron en su destino peninsular. Por otra parte el ejército contaba con un presupuesto de 174 millones de pesetas aunque como veremos al final el costo de las dos guerras coloniales, Cuba y Filipinas, fue bastante superior a esto.

Pero Benito arribo en Cuba y lo que se encontró no fue precisamente muy alentador. Había muchos soldados que sufrían disentería y fiebre amarilla. Tampoco había comida y como no se pagaban los suministros los pequeños comerciantes cubanos decidieron cortar el suministro a las tropas del ejercito español.

Un informe del general Linares telegrafiado el 12 de julio de 1898, aunque vale también para el momento en que llego Benito, decía:

"Tropas extenuadas, enfermos en proporción considerable, no ingresan en hospitales por necesidad de retenerlos en trincheras; ganado sin pienso ni forraje; en pleno temporal de lluvia, llevamos veinte horas sin cesar de caer agua en las zanjas; trincheras sin cubrir, alojamiento permanente del soldado, que solo come arroz y no puede mudar ni enjugar sus ropas; bajas considerables, jefes, oficiales muertos, heridos, enfermos, desaparecidos, privan a las fuerzas de la necesaria dirección en momentos críticos".

 

Este informe reflejaba la realidad de la isla cubana. En el primer semestre de 1897 fueron hospitalizados 201.247 hombres. Además la falta de comida y lo penoso de la situación hacia que muchos de los soldados sufrieran desequilibrios nerviosos y psíquicos. El 96% de los muertes en esta época no lo eran por causas militares sino por causa de la fiebre amarilla. En 1897 la primera causa de mortalidad era el hambre y la segunda el cansancio y el agotamiento. Esta situación era desconocida en la metrópoli y los que intentaban difundirla eran "eliminados" por el gobierno que quería mantenerlo oculto. Un ejemplo de esto fue Gonzalo de Reparaz, que a su llegada a España fue encarcelado porque buscaba reformas sanitarias y ello significaba que se descubriera la situación.

La situación médica en Cuba era tan mala que se tuvo que acondicionar la antigua Factoría de Tabacos como hospital militar. Nos podemos imaginar en que consistiría el citado acondicionamiento. Además las enfermedades contagiosas tales como la viruela no eran controladas mediante el aislamiento de los individuos enfermos sino a base de constantes revacunaciones.

Combatientes cubanos.

Benito sabemos que logró superar todas estas situaciones porque fue reembarcado en Cienfuegos con destino a Cádiz en febrero de 1899 con licencia definitiva.

 

Pero antes de llegar a la península todavía quedaban problemas y situaciones que superar. El viaje de vuelta era tan malo y peligroso para la salud como el de ida. Los vapores de la Compañía Transatlántica no mejoraban las condiciones de los pasajeros porque estos vinieran enfermos o fueran veteranos de guerra, muchos morían en el trayecto de vuelta. Así que el gobierno español para tratar de subsanar en algo esta situación y hacer algo mas cómodo y posible la vuelta de los soldados españoles decidió crear los buques - hospitales, de los cuales el primero en llegar fue el "Alicante" que llegó a Cádiz en febrero de 1898, pero a nuestro amigo Benito no le tocó en suerte hacer el viaje de vuelta en uno de ellos.

 

Una vez en la península los problemas no se habían terminado y los soldados veteranos y enfermos tenían que pelear y luchar por sus derechos. El 1 de enero de 1898 el gobierno decide quitar a los veteranos los 3 reales diarios que percibían. Pero había mas a la llegada a los puertos los soldados debían volver a su lugar de origen, en el caso de Benito a Torrelaguna de donde había partido hacia ya tres años, pero no lo podían hacer porque el transporte que el ejercito les debía pagar para volver a sus lugares no existía y además el retraso en las pagas hacia que tampoco tuvieran dinero suyo para poder costearse el viaje de regreso. Esto dio lugar a numerosos motines en las ciudades portuarias donde desembarcaban los soldados (Santander, Vigo, Coruña, etc.).

Muchos de los soldados enfermos no tenían plaza en los hospitales militares y fue necesario la creación mediante iniciativa privada de lugares donde acoger a los hombres. El periódico "El Imparcial" creo una Hospedería de beneficencia en la que atendió a los que regresaban de Cuba. Esta hospedería era mantenida con donaciones de los lectores que en el transcurso de la guerra, cuando se produjo la entrada en el conflicto de EE.UU., apoyaron la continuidad de la guerra sabiendo el coste humano y personal que estaba significando la guerra para España.

 

Otro ejemplo de lo que aquí hemos contado es otro hombre de Torrelaguna, Manuel Expósito Expósito, que partió hacia Cuba el 10 de marzo de 1898 desde Santander a bordo del vapor Colon y que llegó a Caimanera donde ingresó en el regimiento "Isabel la Católica" nº 75. Después partió hacia Cavite en Filipinas donde enfermó y fue hospitalizado reembarcando para Vigo el 15 de agosto de 1898. A su llegada a España fue ingresado en un lazareto y puesto en cuarentena pero el 30 de agosto volvió a Madrid donde fue ingresado en el Hospital militar de Carabanchel hasta que le licenciaron y volvió a Torrelaguna donde fue atendido de beneficencia en el Hospital de la Santísima Trinidad. Este pudo ser uno de los 4 o 5.000 hombres que había pedido Blanco en enero de 1898.

 

Como estos dos hombres de Torrelaguna y algunos mas también de este pueblo, que citare en un apéndice, muchos españoles fueron a las colonias a morir allí o a sufrir peripecias parecidas a las que pudo sufrir Benito a lo largo de su estancia en Cuba.

 

La guerra costó 1.952.708.413 de pesetas para Cuba y 129.566.072 para Filipinas. Este dinero no salió de nuevos impuestos que habrían causado seguramente la ira del pueblo sino de un Empréstito Nacional Voluntario que tenia un interés de un 6%. También se recurrió a la emisión de dinero pero esto provocó una subida de los precios y una bajada del valor de la peseta. Además esta subida de precios no se vio correspondido por una subida de los salarios. Tampoco se produjo un aumento de los puestos de trabajo, como seria de esperar al necesitarse material tanto bélico como alimenticio, sino que al contrario aumento considerablemente el paro lo que llevo a un empobrecimiento de la población española..