Valle-Inclán


La cabeza del dragón

ESCENA TERCERA
 

    En un jardín del palacio del REY MICOMICÓN.  Jadín con rosas y escalinatas de mármol, donde abren su cola dos pavos reales.  Un lago y dos cisnes unánimes.  En el laberinto de mirtos, al pie de la fuente, está llorando la hija del Rey.  De pronto se aparece a sus ojos, disfrazado de bufón, EL PRÍNCIPE VERDEMAR.

EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¡Señora Infantina!
LA INFANTINA.- ¿Quién eres?
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- ¿Por qué me preguntas quién soy cuando mi sayo a voces lo está diciendo?  Soy un bufón.
LA INFANTINA.- Me cegaban las lágrimas y no podía verte. ¿Qué quieres,
bufón?
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Te traigo un mensaje de las rosas de tu jardín real.
Solicitan de tu gracia que no les niegues el sol.
LA INFANTINA- El sol va por los cielos, mucho más levantado que el poder de
los reyes.
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- El sol que piden las rosas es el sol de tus oros.  Cuando yo llegué ante ti, señora mía, los tenías nublados con tu pañuelito.
LA INFANTINA.- ¿Qué pueden hacer mis ojos sino llorar?
EL PRÍNCIPE VERDEMAR.- Por unos soldados supe tu desgracia, señora Infantina.  Dijeron también que estabas sin bufón, y aquí entré para merecer el favor de servirte.  Ya sólo para ti quiero agitar mis cascabeles, y si no consigo alegrar la rosa de tu boca, permíteme que recoja tus lágrimas en el cáliz de esta otra rosa



VALLE SONATA DE OTOÑO

    “Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugarees por donde en otro tiempo pasó la vida amable  de la galantería y  del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre las terrazas y en los salones, habían florecido las risas y los madrigales, cuando  las manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también  los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche. Bajo el cielo límpido de un azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la hierba huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas...”

RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN: Sonata de otoño.


 
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