La perspectiva de Almería, vista desde
el hacho de la Alcazaba, es una de las más hermosas del mundo. Por
tres pesetas, el visitante tiene derecho a recorrer los jardines desiertos,
escalonados en terrazas, y puede sentarse a la sombra de un palisandro
a contemplar un cielo azul, sin nubes. En el interior de recinto la calma
es absoluta. El agua discurre sin ruido por los arcaduces y las abejas
zumban, borrachas de sol. Las pencas de los nopales orillan el sendero
que conduce a la torre del campanario. Un piquete de obreros retira escombros
de una cisterna. El camino zigzaguea entre los chumbares y el forastero
se detiene a admirar el mazo florido de una pita. Luego, cambiando de rumbo,
prosigue su ascensión por el adarve, hasta la atalaya del torreón.
El barrio de La Chanca se agazapa a sus pies, luminoso
y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la
hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojado allí caprichosamente.
La violencia geológica, la desnudez adel paisaje son sobrecogedoras.
Diminutas, rectangulares, las chozas trepan por la pendiente y se engastan
en la geografía quebrada del monte, talladas como carbunclos. Alrededor
de La Chanca, los alberos se extienden lo mismo que un mar; las ondulaciones
rocosas de la paramera descabezan en los estribos de la sierra de Gádor.
El descubrimiento abarca una amplia panorámica y el observador
se siente un poco como el Diablo Cojuelo. Los habitantes del suburbio prosiguen
su vida aperreada sin procuparse de si los miran desde arriba. De vez en
cuando, un guía pondera las maravillas del lugar y los turistas
se asoman por las almenas y lo acribillan con sus cámaras.
JUAN GOYTISOLO: La
Chanca
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