Garcilaso de la Vega


Soneto I

    Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por do me ha traído
hallo, según por do anduve perdido
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas, cuando del camino estó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.

    Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si ella quisiere, y aun sabrá querello,
que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?


 Soneto V
    Escrito ´stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto.
    En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
     Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;
    Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.



    Soneto X

    ¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!
    ¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas qu ´en tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
    Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes:
     si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.


       Soneto XXIII

    En tanto que de rosa y azucena,
 se muestra la color en vuestro gesto,
 y que vuestro mirar ardiente, honesto,
 enciende al corazón y lo refrena;
   y en tanto que el cabello, que en la vena
 del oro se escogió, con vuelo presto,
 por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
 el viento mueve, esparce y desordena;
    coged de vuestra alegre primavera
 el dulce fruto, antes que el tiempo airado
 cubra de nieve la hermosa cumbre.
  Marchitará la rosa el viento helado,
 todo lo mudará la edad ligera,
 por no hacer mudanza en su costumbre.


            ¿Dó están agora aquellos claros ojos
     que llevaban tras sí, como colgada,
     mi alma, doquier que ellos se volvían?
     ¿Dó está la blanca mano delicada,
5     llena de vencimientos y despojos
      que de mí mis sentidos le ofrecían?
         Los cabellos que veían
     con gran desprecio al oro
     como a menor tesoro
10 ¿adónde están, adónde el blanco pecho?
     ¿Dó la columna que el dorado techo
     con proporción graciosa sostenía?
     Aquesto todo agora ya se encierra,
     por desventura mía,
15 en la oscura, desierta y dura tierra.
     ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
     cuando en aqueste valle al fresco viento
     andábamos cogiendo tiernas flores,
     que había de ver, con largo apartamiento,
20 venir el triste y solitario día
     que diese amargo fin a mis amores?
     El cielo en mis dolores
     cargó la mano tanto
     que a sempiterno llanto
25 y a triste soledad me ha condenado
     y lo que siento más es verme atado
     a la pesada vida y enojosa,
     solo, desamparado,
     ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa.

30 Divina Elisa, pues agora el cielo
     con inmortales pies pisas y mides,
     y su mudanza ves, estando queda,
     ¿por qué de mí te olvidas y no pides
     que se apresure el tiempo en que este velo
35 rompa del cuerpo y verme libre pueda,
     y en la tercera rueda,
     contigo mano a mano,
     busquemos otro llano,
     busquemos otros montes y otros ríos,
40 otros valles floridos y sombríos
     donde descanse y siempre pueda verte
     ante los ojos míos,
     sin miedo y sobresalto de perderte?
            (Fragmentos del lamento de Nemoroso. Égloga I, Garcilaso)


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